Sexualidad y Calidad de Vida de la Mujer Mayor

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Foto de Kim Basinger a los 60 años

Texto de la ponencia presentada en el VIII Curso de Actualización de ASOGA Barranquilla, presentada el 9 de septiembre de 2005.

En primer lugar quiero agradecer a los y las organizadoras de este VIII Curso de Actualización de ASOGA el haberme invitado a participar e intercambiar con ustedes algunas reflexiones sobre el tema de la calidad de vida y de la sexualidad de las mujeres mayores.

Quiero también precisar de una vez que no soy especialista de esta problemática aun cuando desde mi práctica de mujer feminista, y aun más, de mujer feminista de 62 años, el tema lógicamente me había interesado y sigue interesándome. Pero como no soy ni ginecóloga ni siquiera especialista en geriatría, abordaré la temática desde donde puedo hacerlo. Es decir desde una mirada de la sospecha sobre los discursos culturales en general y probablemente e inevitablemente desde mi propia experiencia de mujer que ya entró de pleno en esta etapa de la vida.

Y para iniciar quiero hacer una precisión de vocabulario: les cuento que al hablar de hombres o mujeres de 50, 60 o 70 y más, no me referiré nunca a adultos o adultas mayores porque me parece un eufemismo innecesario. Ser viejo, ser vieja, en muchas otras culturas es una condición digna y habitada de una inmensa honorabilidad y respeto. Y si se trata de ocultar esta etapa de la vida, que se inicia para las mujeres con la menopausia, detrás de esa formula de adultas mayores, entonces prefiero llamar la vejez una etapa de juventudes acumuladas.

Ahora bien, entrando en el tema específico de menopausia y calidad de vida, tenía varias opciones para ofrecerles.

En primer lugar y tal vez para recordar lo que puede sentir una mujer de ya más de 60 años —es decir menopaúsica desde hace más de 10 años (que de todas maneras es una bastante mejor denominación que la de histérica que a menudo me otorgaron durante los 30 precedentes años)— inmersa en una cultura aun muy patriarcal que se esfuerza por convencerla que ya nada bueno puede esperar pues ya el reloj biológico la obligó a repensar, no solo sus relaciones con ella misma, sino también con los otros y el mundo, quiero leerles una de mis columnas de El Tiempo que escribí, ya hace más de un año, la semana de mis 60 años.

“Tener 60 años”

Tener 60 años es tener dos veces 30 años; es entonces reconocer la densidad y riqueza del ayer y lo frágil y precario del mañana; es estar dispuesta a vivir intensamente la década que se abre con la lúcida convicción de que puede ser la última —o por lo menos la última en poder vivirse intensamente—; es ya no posponer los sueños y hacerlos realidad en la medida de lo posible. Es alegrarse cuando, al despertar, a uno le duele algo: una articulación, la garganta, la cabeza, porque significa que esta viva —esto me le enseño un amigo algo pesimista y a la vez de una gran lucidez en cuanto a los pequeños estragos de los años acumulados.

Tener 60 años es tener respeto a los espejos porque no mienten y no volverán a mentir nunca más.

Tener 60 años es por fin saber quienes son sus verdaderos amigos y amigas y haberse ganado el enorme privilegio de no simular más frente a los otros; es saber decir “no” cuando es “no”; es conocerse a fondo y poder, por fin, dialogar con su cuerpo, conocer los caprichos de su digestión, los ritmos de su corazón, la capacidad de sus pulmones y la susceptibilidad de sus articulaciones en tiempos de lluvia.

Tener 60 años es burlarse de todas las dietas de las revistas femeninas porque ya uno sabe perfectamente cual es su dieta de vida.

Tener 60 años es conversar con la soledad y nunca sentirse sola con ella. Tener 60 años es ya no pedir permiso a nadie para cumplir un viejo sueño, para ir a cine a las tres de la tarde, tomar un aguardiente antes de la telenovela de la noche o prender la luz a las tres de la mañana para leer nuevamente una capitulo de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust porque no logró conciliar el sueño. Es saber que nadie nos espera en casa y alegrarse porque podrá almorzar o comer con lo que más le gusta: una ensalada acompañada de pan y queso. Poder comer lo que le antoja a la hora que le antoja es un verdadero lujo para una mujer, y esto lo puede hacer a los 60 años, o lo debería poder hacer. Sí, porque al escribir esto, sé una vez más que soy una mujer privilegiada. A la vuelta de la esquina de mi casa, una mujer como yo, de 60 años, es desplazada, violentada y olvidada.

Tener 60 años es asombrarse de lo que ha logrado con sus hijos o sus hijas que ya están en la década de los 30. Es inaugurar por fin nuevas miradas, nuevos diálogos con ese sentimiento de desprendimiento y de levedad frente a ellos o ellas. Lo hecho, hecho está y ya no existe sino el asombro frente a estos hombres o mujeres que un día, hace mucho, habitaron en sus entrañas y, algo más tarde, se refugiaron en sus brazos buscando consuelo.

Tener 60 años hoy es a veces ser una abuela indecente, enamorada, liviana y desculpabilizada.

Tener 60 años es entender el misterio de la vida y empezar a confrontarse con la muerte, sin temor ni tristeza porque está ahí asomándose, tímidamente pero inexorablemente. Tener 60 años es empezar a despedirse demasiado temprano, siempre demasiado temprano, de buenos amigos o amigas. Tener 60 años es tener dos veces 30 años, o sea mucha juventud acumulada. Hoy, doy la bienvenida a mis recién inaugurados 60 años.

De hecho escribí esta columna para convencer a mis amigas generacionales que, entrando en esta etapa, es necesario aprender a burlarse de los discursos de una cultura que nos quiere, o nos vuelve, invisibles, calladas y deterioradas. Discursos de una sociedad basada cada vez más en una lógica de mercado que exige productividad y consumo, lógica que los medios se encargan de difundir con sus comerciales que no hacen sino mostrarnos el universo de una juventud asociada a la belleza, al éxito y al amor. En este contexto, ser deseada después de los 50 años es un imposible. Ni se dice a los 60… Y de verdad, no entiendo a los hombres, quiero decir a aquellos de 40, 50 o 60, que siguen prefiriendo una mujer de 26 años a una mujer de 50, 55 o 60. Esa mujer que ya conoce su cuerpo, que ya resolvió los problemas de la maternidad, que sabe cocinar, que ya tiene una historia, y sobre todo esta belleza, esta expresión, esta mirada que le ha dado la vida y la experiencia de los amores difíciles.

Y entonces estoy pensando también volver a leer con ustedes las 10 últimas páginas de una inmensa novela de Gabo, “El amor en los tiempos del cólera” cuando Florentino Ariza y Fermina Daza, los dos cumulando más de 150 años, después de 53 años, siete meses y once días con sus noches, hacen por fin el amor, descubriendo los dos que hacer el amor es mucho más que un acto biológico de penetración ligado a ciertos estímulos hormonales. El amor, el erotismo y la circulación del deseo no tienen nada que ver con la química, a pesar de algunos artículos que salen periódicamente para tratar de convencernos que el amor es una cuestión de química y que pronto podremos ver una molécula de amor debajo de un microscopio. Sí, que bello este libro si lo comparamos con las putas tristes de su último cuento que nos viene a contar las miserias de la vejez masculina cuando necesita carne fresca antes de morir. Ese viejo y eterno cuento de los miserables putos del mundo. (Y aprovecho para contarles que mi computador me subrayo putos como palabra que no existe, más no putas…)

Pero Florentino y Fermina están ahí para mostrarnos que, más allá de las modificaciones biológicas debidas a la edad avanzada de los dos, y de todo lo que nos ha contado la cultura y el discurso medical tradicional sobre el secamiento de las paredes vaginales y la disminución del deseo sexual entre otras cosas, desear al otro esta hecho de muchos elementos que permanecen intactos a pesar de los años. La circulación del deseo, desde lo imaginario, lo simbólico, la palabra y la experiencia amorosa acumulada, puede más, mucho más que la edad de nuestra piel y de nuestras hormonas.

“…Vivían horas inimaginables cogidos de la mano en las poltronas de la baranda, se besaban despacio, gozaban la embriaguez de las caricias sin el estorbo de la exasperación. La tercera noche de sopor, ella lo esperó con una botella de anisado (….), necesitaba un poco de aturdimiento para no pensar en su suerte con demasiada lucidez, pero Florentino Ariza creyó que era para darse valor en el paso final. Animado por esa ilusión se atrevió a explorar con la yema de los dedos su cuello marchito, el pecho acorazado de varillas metálicas, las caderas de huesos carcomidos, los muslos de venada vieja. Ella aceptó complacida con los ojos cerrados, pero sin estremecimiento, fumando y bebiendo a sorbos espaciados. Al final cuando las caricias se deslizaron por su vientre, tenía bastante anís en el corazón.

-Si hemos de hacer pendejadas, hagámoslas –dijo- pero que sea como la gente grande.

La llevó al dormitorio y empezó a desvestirse sin falsos pudores con las luces encendidas. Florentino Ariza se tendió bocarriba en la cama, tratando de recobrar el dominio, otra vez sin saber qué hacer con la piel del tigre que había matado. Ella le dijo: “No mires”. El pregunto por qué sin apartar la vista del cielo raso.
-Porque no te va a gustar- dijo ella.

Entonces él la miró, y la vio desnuda hasta la cintura, tal como la había imaginado. Tenía los hombros arrugados, los senos caídos y el costillar forrado de un pellejo pálido y frío como el de una rana. Ella se tapó el pecho con la blusa que acababa de quitarse, y apagó la luz. Entonces él se incorporó y empezó a desvestirse en la oscuridad, tirando sobre ella cada pieza que se quitaba, y ella se las devolvía muerta de la risa……”

Dejo aquí para no aburrirlos, pero como lo saben, Florentino y Fermina no se separaron un solo instante en los días siguientes.

Es una lección que nos da García Márquez a través de sus dos protagonistas, una lección de humanismo, una prueba de nuestra humanización, una prueba bellísima de que definitivamente nos hemos alejado del macho y de la hembra que solo pueden obedecer a determinismos biológicos en el único contexto de la reproducción. Amar y desear a los cincuenta, sesenta, setenta y ochenta es la victoria de lo simbólico, de lo imaginario y del erotismo sobre la triste cópula de los animales y desafortunadamente de algunos animales de la especie humana también…

Por supuesto que para vivir esto es necesario, como ya lo mencioné, decir adiós a los estereotipos culturales que constituyen a menudo nuestras propias ataduras. Es probablemente necesario haber sido protagonista de lo que fue la revolución pacifica de las mujeres para resignificar nuestras existencias bajo nuevos parámetros; y sé también que todas las mujeres colombianas de mi edad no han podido aun vivir esto, quiero decir los profundos cambios en la identidad femenina que ocurrieron durante los últimos 50 años. Mi generación pertenece a una generación de protagonistas históricas sin precedente: la ciudadanía, hace exactamente 50 años, — en 1954 obtenemos el derecho al voto— la anticoncepción, que nos permitió por primera vez en la historia de la humanidad, separar por fin la sexualidad de la reproducción, hace cuarenta años; la educación y la universidad que nos posibilito empezar a existir desde un ser de sí; el trabajo que nos sacó del patio de atrás y nos proporciono alguna autonomía e independencia económica. Más de 50 años de lucha nos cambiaron la vida en medio de enormes resistencias.

Las imágenes culturales de mujeres mayores de mi infancia hablaban de mujeres tristes y vestidas de gris, de señoras de la misa de seis, de señoras bien aventajadas, la maestra de escuela con su traje sastre y su peinado de moña y de las abuelas o tías solteronas, o mujeres llenas de experiencias pero relegadas al patio de atrás repitiendo con sus nietos y nietas lo que habían hecho toda la vida Eran las mujeres viejas de mi infancia. Por supuesto existían excepciones como lo fue Esmeralda Arboleda y sus compañeras de lucha quienes, ya en 1930, sintiéndose incómodas en un mundo de hombres que no las dejaban existir en el sentido moderno de la palabra, iniciaron una lucha tenaz para el sufragio femenino. Fueron 20 años de lucha en las cuales oyeron cualquier cantidad de imbecilidades por parte de los patriarcas de este país.

Hoy las imágenes de mujeres de 50, 60, 70 son múltiples, variadas y a menudo sorprendentes. Se están forjando nuevos imaginarios a partir de la multiplicidad de identidades femeninas. A veces nosotras mismas nos miramos y no lo creemos. Y los que no lo creen son ante todo los hombres, nuestros compañeros generacionales quienes a veces, torpemente, llegan a imaginar que las mujeres envejecemos solas mientras ellos se conservan eternamente jóvenes…si supieran a veces cómo, ante nuestras miradas tiernas y compasivas, adivinamos la inmensa fragilidad que difícilmente esconden.

De verdad creo hoy que es urgente trabajar estos temas con los hombres también. Creo que hoy por hoy es más difícil para los hombres acomodarse a la andropausia que para nosotras a la menopausia. La cultura es también muy dura con los hombres que entran en esta etapa de la vejez. Muy dura porque existen también imágenes culturales para ellos, esas imágenes del viejo verde que puede todavía seducir a una mujer que tenga mucho menos de la mitad de su edad.

Duro soportar ese cliché cuando sabemos que un hombre de 60 o 70 ya no tiene mucho para seducir con los criterios de una cultura patriarcal que pone el éxito y el poder sexual como garantes de la seducción. Poder sexual masculino a los 60 o 70…olvídense… yo los conozco a los hombres de mi generación, y al menos de una gran fortuna que pueda suplir una poderosa erección…no tienen gran cosa para mostrar.

Al mismo Florentino le pasó. –Esta muerto- dijo el, sin ilusiones. Le toco confesar a Fermina que la primera vez siempre le pasaba lo mismo, una mentira piadosa por supuesto. Pero a ellos dos no les importó mucho porque sabían que el erotismo tiene múltiples otros recursos que la erección y la penetración. Y sí, creo que es, hoy por hoy, más duro envejecer para los hombres porque ellos de verdad se han fosilizado mientras nosotras evolucionamos como nunca antes. Hoy día las mujeres son el verdadero motor del cambio, los hombres no. Las mujeres han resignificado casi totalmente su existencia. Los hombres, no. Las mujeres están inaugurando todo: la palabra, la escritura, el saber y la participación en los espacios públicos; pero también están inaugurando el amor desde un cuerpo que por fin les pertenece, están inaugurando un deseo propio que ya no necesita mimetizarse sobre el deseo masculino y por supuesto están inaugurando una vejez llena de posibilidades insospechadas hace solo 5 décadas.

Sí, tener 50 años hoy puede ser un goce. Para mi lo fue. Como hija simbólica de Simone de Beauvoir, el fin de la menstruación fue un alivio, un nuevo respiro de mi cuerpo, el inicio de un ciclo culturalmente más productivo, una etapa de crecimiento intelectual y laboral. No sé si es coincidencia pero empecé a escribir libremente a los 47 años, justo al momento de la menopausia. Tener 50 años es iniciar el camino hacia la levedad. Ya se resolvieron los grandes problemas de la vida de una mujer. La maternidad se asume por fin sin culpa. Los hijos y las hijas son ya mayores y se instalan nuevos diálogos con ellos y ellas. Es el momento también de nuevos diálogos con el cuerpo, ese nuevo cuerpo, tratando de desechar los estereotipos recibidos y los mensajes negativos sin descuidar los evidentes efectos que puede tener esta disminución drástica de los estrógenos sobre el organismo en general.

Entonces la menopausia puede ser un privilegio, una nueva posibilidad de goce. Pero para que esto ocurra, los discursos de los médicos y las médicas, de los ginecólogos y las ginecólogas deben cambiar. De hecho están cambiando pero demasiado lentamente y como de todas maneras, con la Ley 100, ya no hay tiempo que perder, no hay tiempo de hablar con su paciente, —además los médicos y las médicas hablan hoy día con su computador olvidándose completamente que delante del computador hay un ser humano— entonces hablen con esta mujer que a veces ha tomado toma cita ante todo para hablar, para que alguien la escuche y no tanto para obtener una formula.

Hablen con su paciente, tómense el tiempo de hablar, de escucharla, de preguntarle sobre la calidad de su vida familiar, laboral, amorosa, sexual. La medicina nunca hubiera debido dejarse medir con criterios de rentabilidad. Ustedes saben más que yo que la palabra, muy a menudo, cura más que la formula. Cuéntenle que hacer el amor sin consultar el calendario, sin píldoras o dispositivos intrauterinos, dejando circular libremente el deseo, es un privilegio; cuéntenle que puede ahora amar de manera liviana y sin culpa porque a los cincuenta años uno conoce su cuerpo y debe saber amar. Cuéntele que nunca es tarde para empezar a amarse a si misma, a cumplir viejos sueños, a volver a enamorarse porque el divorcio o la separación no son fracasos, son derechos que hablan de la libertad para volver a empezar. Ella lo necesita escuchar. Claro sé que están las oleadas de calor, pero pasan, ¿cierto? A mi me pasaron del todo —la homeopatía y la acupuntura hacen milagros, las terapias de sustitución hormonal también— y en cuanto a la resequedad de las paredes vaginales, se la inventó una cultura misógina porque los hombres patriarcas prefieren tener sexo con jovencitas que con mujeres maduras que podrían enseñarles cosas que ni siquiera sospechan… Después de algunos ajustes normales y el reconocimiento de ese nuevo cuerpo, yo sí amé mis 50 años y la menopausia que los acompañaba.

Pero para esto, lo repito, es necesario haber tenido la oportunidad de reflexionar sobre muchos eventos de la vida en cuanto mujer, haber tenido la suerte de encontrar un ginecólogo, y más a menudo una ginecóloga, inteligente que no se encierra en el discurso medico, haber podido siempre hablar y compartir con otras mujeres, aprender de las otras, tener redes de apoyo, es decir, trabajar los aportes del feminismo que hoy permiten resignificar muchos eventos de nuestras vidas y sobre todo comprender el impacto de la cultura sobre nuestras vivencias. Entonces, para una feminista, para una mujer de cambio, los 50, los 60 y los 70 pueden ser un privilegio.

Ahora, ustedes me dirán que estoy hablando con el deseo. Por supuesto que en un país como Colombia, si bien la esperanza de vida está en aumento como en casi todos los países del mundo, no podemos olvidar la guerra y sus estragos tales como el desplazamiento forzoso, la pobreza, y aun la falta de educación para muchas mujeres de mi edad sin hablar de la gran mayoría de ellas que están sin pensión. Lo que restringe enormemente las nuevas posibilidades mencionadas anteriormente que suenan más a utopía que a realidad. Sin embargo, las mujeres hemos aprendido a volver las utopías realidades día a día.

  • ijodevecino

    tener sexo con una mujer mayor, de 60 o 70 años, es una experiencia extraordinaria, obviamente si se encuentran bien de salud y ellas tambien lo desean….tengo 61 años de edad, muy buena salud y muy buen estado fisico…..cuando tenia 40 años de edad, descubri a las mujeres de 60 años, tuve una relacion con una mujer de 61 años y fue una pareja perfecta en la cama, hicimos todo lo que por nuestras parejas, nunca fue aceptado (ovbiamente dentro de la normalidad)….como mujer ella me encantaba….esto se mantuvo por 5 años, pero un dia termino (todo termina en algun momento), tambien termino mi matrimonio, siempre busque mujeres mayores pero el destino me dio la opotunidad de encontrarme con una mujer de 52 años, con la cual llevamos 2 años juntos y con una relacion extraordinariamente buena en la cama y fuera de ella……claro, ella en una barbi.-