Primeras Damas: Entre la Virgen María y la Madre Teresa

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Cada cuatro años nos planteamos en Costa Rica la cuestionable cuestión de la primeras damas, intrínsecamente ligada al lugar subordinado que el patriarcado asigna a mujeres en el matrimonio.

En otras épocas se suponía que ellas debían dedicarse a las ocupaciones del marido, o al menos a apoyarlos en esas tareas como subalternas que les eran.

Por eso el femenino de los sustantivos referidos a ocupaciones o cargos indicó, durante siglos, el oficio del esposo y se defiinió como “mujer de”.

Esto suponía, además, formar parte de la propiedad de alguien que no formaba parte de nuestra propiedad, puesto que no había ni hay el equivalente “hombre de” para indicar al esposo de alguna.

En nuestra época no nos atrevemos a llamar abogada a “la mujer del abogado” ni gobernadora a “la mujer del gobernador”, pero llamamos primera dama a la esposa del presidente, aunque (o tal vez porque) dama no es cualquier mujer, sino la “noble o distinguida”.

Puesto que antes de la investidura del marido no se la llama así, habría razones para suponer que la nobleza o distinción le proviene del cargo que él desempeña, fuera del cual ella no sería primera y desde luego tampoco dama.

Pero todavía nuestro pueblo espera que la esposa del presidente sea de algún modo la presidenta, en el mismo sentido en que en otras épocas la esposa del zapatero era la zapatera aunque no hiciera zapatos. O, como mínimo, que se mantenga junto a él sosteniendo su imagen y compartiendo la carga.

Es decir, que en el país de la igualdad, fingimos desconocer su derecho a seguir siendo la persona que ella es independientemente de ser la esposa de alguien; nos comportamos muy cerca de aquel tremendo eslogan de un antiguo ministro inglés: “Mi mujer y yo somos uno, y ese uno soy yo”. Pero lo grave no es que las cosas sean así, sino que no hay ni la más mínima pista de que intenten cambiar.

Las entrevistas realizadas por Mayela Rodríguez a Nancy Clarck, Schirley Sánchez y Lenny Polonio, esposas respectivamente de Oto Guevara, Ottón Solís y Rolando Araya, indican el grado en que ellas han asumido su papel, o el grado en que se ven coaccionadas a decir lo que se espera que digan para que marido y partido no sufran mengua.

Esto se puede apreciar, por ejemplo, en las respuestas a la pregunta sobre el papel que debería desempeñar una primera dama: doña Leny declara que “cada una lleva a cabo su labor de acuerdo a su vocación, a sus inclinaciones, a su interés por asuntos particulares de Gobierno y su compromiso con problemas del pueblo”, lo que da pie a preguntarse hasta qué punto puede comprometer a una mujer con la población el hecho de ser la esposa de un presidente.

Doña Nancy estima que ese papel “sería en primer lugar el de apoyar la gran responsabilidad que asumió su esposo, y trabajar en proyectos específicos en los que desee colaborar en su gobierno”; y para doña Shirley, ella “tiene que cumplir el papel de esposa del presidente”, “no puede desligarse de ese papel”, “debe mantener ese rol”, “tiene que atender a gente que viene a exponer necesidades sociales”.

“Tiene”, “Debe”, “No puede”, formas imperativas del verbo, indicadoras del grado en que las dos últimas han asumido como órdenes sus funciones junto a un posible futuro presidente. “Deber” y “tener que” relacionados con proyectos sociales y apoyo al marido. Parecieran identificarse un poco con la imagen de la Virgen María: acudimos a ella para que ella gestione nuestros asuntos ante Dios.

Preguntadas las tres por sus prioridades, todas coinciden en un punto: la niñez, ya sea ésta abandonada, trabajadora o sexualmente explotada; doña Lenny cita además la violencia intrafamiliar y la drogadicción; doña Shirley el embarazo adolescente, doña Nancy el abandono de personas ancianas.

Claro que no siempre llueve como truena, y a lo mejor dicen lo que creen que se espera que digan, pero todo esto parece muy acorde con los requerimientos de la sociedad sobre el papel de las mujeres.

No por nada tienen las tres como ejemplo de liderazgo femenino en el mundo a la Madre Teresa. Imagen de feminidad proyectada por una cultura que atribuye a las mujeres el papel de enmendadoras de entuertos, arregladoras de descalabros, remediadoras de contristados.

El caso es que mientras las expectativas sociales no cambien, no cambiará en mayor grado esa imagen de primera dama un poco intercesora como la Virgen María, un poco socorredora como la Madre Teresa.

Y bajo el influjo de estos dos arquetipos, parece que se posponen sus proyectos personales por las prioridades de un supuesto “equipo” conyugal que a su vez dependen de las de un partido político. Entre esa cadena de jerarquías y ese juego de lealtades, difícil un proyecto de vida propio.

Más difícil para quienes sueñan con un cambio, querer que ellas representen lo que no representan, y que piensen como no piensan, puesto que quien cierra los ojos para no ver la llaga, no abrirá las manos para curarla.