Matrix en el Call Center

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Nota enviada por Inés Arribillaga de Emprendedoras en Red.

Las promesas sobre el presente hablaban de una sociedad de la información y el conocimiento, con flujo veloz de datos y mercancías, trabajadores conectados en red, más libres, calificados y bien pagos.

Un caso testigo del resultado de tales promesas son los call centers, que permiten comprender cómo se moldean actualmente relaciones laborales de control y disciplina, para lograr la venta maniática de toda clase de productos y basura, como parte de una red global según la cual el consumo es otra promesa: felicidad.

Chaplin superado por Matrix: en términos salariales, la obediencia es más valorada que la producción, y los que intentan exponer estos temas deben hacerlo desde la clandestinidad, incluso el 1º de Mayo.

Nacho no se llama Nacho, pero es un joven de veintipocos años que trabaja en un call center, por lo cual no puede dar ningún indicio que revele su identidad.

Tiene, como todos los que trabajan en esos lugares, un sentido singular, llamado “vista”, que le permite ver. Pero además, lo ejerce. Y tiene también un órgano llamado “cerebro” que le permite reflexionar sobre cómo es en realidad ese modelo promisorio de trabajo al que accedió para poder estudiar, independizarse y, como suele decirse, ganarse la vida: todo un programa de acción que corre el riesgo de figurar entre las utopías actuales.

En los alrededores del 1º de Mayo, con la persistencia de la desocupación y sus alternativas de trabajo esclavo, negro, precario, explotado, resignado, los call center aparecen como prototipos de los nuevos modos laborales, que generan bibliotecas enteras en estado de éxtasis, y quién sabe qué otras substancias, imaginando un futuro venturoso, creativo, comunicativo y de trabajadores cada vez más libres, ricos e inteligentes.

“Lo que tiene de bueno un call center es que te da una flexibilidad en los horarios que no te da ningún otro trabajo. Y en teoría te debería permitir vivir llegando a un sueldo de 700 o 900 pesos. Pero no siempre se llega porque el sueldo es variable, y de una arbitrariedad total. Entre eso y la explotación, la gente se va quemando en el camino”. (Aclaración: no hubo error, la palabra no es “quedando” sino “quemando”).

Carlitos telefónico, Mátrix te llama

Los call centers son empresas que contratan gente para realizar y recibir llamadas relacionadas con servicios, ventas, tele marketing, encuestas y lo que las llamadas “empresas madre” –los clientes– dispongan. Se calcula que hay 50.000 trabajadores en los call centers argentinos, la mitad o más de los cuales trabajan para call centers off shore. Esto quiere decir: empresas multinacionales que se instalan en la Argentina favorecidas por la diferencia cambiaria.

Desde aquí se efectúan las llamadas más diversas. Por ejemplo, a un latino que vive en California para venderle un producto de logo global fabricado en China. O a un francés para venderle un servicio médico cuya casa matriz está en Estados Unidos o España. O todo a la inversa.

También pueden atarlos al teléfono para recibir los llamados de quienes quieren adelgazar 20 kilos en un mes con fajas, cremas o artefactos, comprar una note book de 5.000 dólares, un televisor de 8.000, un consolador de 200, y así sucesivamente (todas estas compras podrían considerarse, en esencia, parte del rubro de los consoladores, pero es factible que los expertos en marketing discrepen de tal hipótesis).

“Hay mucho call center off shore” explica Nacho en un bar de Buenos Aires, probando una lágrima (leche batida, unas gotas de café) “porque los argentinos somos tan baratos como los indios, un dólar y medio la hora, pero tenemos un nivel de idioma más calificado”.

India es el lugar del mundo donde hay más call centers, “pero ellos tienen el inglés como herencia cultural del colonialismo. Nuestro caso es diferente, explotó en los 90 con el menemismo y la paranoia de la clase media que manda a los hijos a colegios de 500 dólares mensuales para que sepan inglés”. Esos chicos son los están peleando por el dólar y medio, tal vez sin saberlo, contra los indios, con cierta ventaja por una cuestión de entonación que hace más sencillo aquí el proceso de “neutralizar” el idioma: convertir el acento en un sonido indeterminado que no genere rechazo y que ayude a atrapar a quien está del otro lado de la línea.

Pero Nacho, que ha vivido toda su experiencia laboral en los call centers, considera que estos son mucho más que un lugar de trabajo: “Así como la fábrica en un momento fue el lugar que permitía entender las relaciones de trabajo, producción y dominación, hoy en día el call center permite percibir un proyecto de sociedad que se apropia de las capacidades de la persona, que genera una nueva y mayor forma de alienación, y que además provoca problemas totalmente novedosos con respecto a la etapa industrial. Es el taylorismo reinventado”.

Si alguna vez sirvieron para explicar a las sociedades las imágenes de obreros en la línea de montaje, el Carlitos Chaplin de Tiempos Modernos, o las de trabajadores soviéticos que hacían lo suyo con la mirada fija en el horizonte, hoy el trabajo debe ser entendido de otra forma. Más parecido a Mátrix, al Gran Hermano, o a lo que cada quien tenga a bien imaginarse.

Una breve historia del tema debe señalar el big bang de los call centers en el menemismo (se solicita a las lectoras y lectores disculpas por las sucesivas omisiones al castellano). “Los call centers no son nuevos. Después de la privatización de los teléfonos, Telefónica y Telecom empezaron a utilizar el sistema para ofrecer servicios especiales, de larga distancia, y cosas por el estilo. Lo novedoso es que tras el 2001, sobre todo con la devaluación, aparecen otros offshore”, cuenta Nacho.

¿Por qué call centers que venden productos extranjeros a público también extranjero se instalan en la Argentina? “Porque las comunicaciones son baratas, los salarios son de los más bajos, la mano de obra es calificada, y la instalación de un piso con cables y computadoras, en moneda fuerte, les sale baratísimo”.

Microsoft, IBM y la oferta del gobierno

Antes de continuar la conversación con Nacho, conviene repasar la exactitud de los datos que brinda, que puede corroborarse en la página donde un informe de la Agencia de Desarrollo de Inversiones de la Secretaría de Industria, Comercio y PyME, del Ministerio de Economía, pregona “¿Por qué invertir en Call Centers en la Argentina?” El informe se abre con un simpático dibujito de dos chicas y un muchacho sonrientes con sus auriculares con micrófono, con fondo de planisferio.

Además de la infraestructura en telecomunicaciones argentina, el trabajo destaca:

• “Existencia de recursos humanos altamente calificados”. (Agregan que es uno de los más destacados de Latinoamérica, argumento que refuerza la alta estima que nos brindan en los países vecinos por nuestra humildad, una de las más destacadas de la región).

• Pero esos recursos tan calificados son baratos, según lo propone el propio gobierno argentino. “Los costos de la mano de obra en Argentina son considerablemente menores respecto a otros países” (México, Costa Rica y Chile son los ejemplos, que acaso inquieten a los señores padres que depositaron miles y miles de dólares en los colegios bilingües).

• Un rubro inolvidable es “Entorno jurídico apropiado” y la aclaración sobre “Legislación laboral” que informa: “La legislación laboral argentina establece un marco jurídico flexible y consistente con las exigencias particulares de esta actividad”. (Ya Nacho explicará en qué consisten la “flexibilidad” y las “exigencias particulares”).

• Bajo el título “Oportunidades de Negocios” hay un párrafo con una invitación explícita, que conviene que lean los que sueñan con el carácter “nacional” de la actual gestión económica: “Existe un núcleo importante de empresas de capital nacional con una larga trayectoria en el sector que pueden o bien asociarse o ser adquiridas por empresas extranjeras”.

• Otro tramo, con el mismo lenguaje pulcro de la tecnocracia gobernante: “En virtud del proceso de tercerización de servicios de Call Center y la alta competitividad que muestra Argentina en términos de costos (…) Argentina es una oferta válida como destino del “off-shoring”, ya que tiene una alta calidad en la gestión, y cuenta con recursos humanos formados y en sintonía cultural con los potenciales usuarios de los países de destino.

Bajo el subtítulo “Call Centers en la Argentina”, se informa:

“Localmente unas 40 empresas, la mayoría de capital nacional, desarrollan esta actividad. Las principales empresas operadoras son Atento, TeleTech, ActionLine, Teleperformance, Apex América, EDS y Telecom que concentran el 80% del negocio local.

Importantes empresas del exterior han elegido a nuestro país para brindar desde aquí servicios de atención telefónica a sus clientes en diferentes países del mundo, entre ellas se encuentran: Motorola, Microsoft, Hewlett Packard, IBM, Sony, Reuters y HBO.

De acuerdo a la consultora Datamonitor, Argentina es uno de los mercados de mayor crecimiento en lo que se refiere a Call Centers off-shore. Por su parte, el estudio “Telework in Latin America and the Caribbean” del Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo, señala que los puestos de trabajo en Argentina en este sector han pasado de 5.000 en el año 2002 a 20.000 en el 2004 estimando que alcanzarían los 50.000 para el año 2006.

A partir de 2002, la generación de negocios en el exterior ha sido el factor que lideró el incremento de la actividad. Un 60% de la facturación total es originada en contratos de provisión de servicios fuera de Argentina”.

Fraude laboral

Nacho considera que lo que ocurre, por ejemplo, con Atento tercerizando a Telefónica “es un fraude laboral, porque inventan una empresa fantasma para brindar el propio servicio” (por ejemplo, los llamados al 112). Esto ha sido denunciado por el propio gremio telefónico, Foetra, ya que además los trabajadores no son encuadrados no como telefónicos sino como empleados de comercio.

Cuenta Nacho: “En Atento hubo una toma del edificio en 2004. El tema de los call centers explotó allí porque por primera vez hubo reacciones por los despidos. Se comunicaron con Foetra, hicieron una toma, una huelga. El ministerio de Trabajo reconoció a Foetra como representante legal de esos trabajadores, aunque vos por ley estés afiliado a otro. Atento empezó un trabajo de desgaste. Militarizó el edificio, empezó a dividir a los trabajadores abriendo nuevas sedes y dispersándolos, abrió retiros voluntarios para los que estuvieron en la toma, desconoció totalmente la representación de Foetra”.

Hubo otras batallas y represiones también en 2005, pero la mayor parte del problema sigue abierta, por esa cuestión tan cara a los sindicalistas, referida a los encuadramientos: “Foetra tomó la decisión política de luchar solamente por los trabajadores que más fácilmente pueden ser considerados telefónicos. Por ejemplo, los de los call centers de Telefónica y Telecom. Pero en los off shore eso es más complicado. Si vendés computadoras a un mexicano, ¿sos telefónico?”

Más dilemas: si la empresa madre para la que venden, por ejemplo, computadoras, solo existe en los Estados Unidos, ¿cómo se le hace reconocer responsabilidades con respecto a los trabajadores? ¿Se aplicarían leyes norteamericanas o argentinas?

Los dilemas que plantea Nacho son de los tantos que atraviesan esta cuestión, que tiene la particularidad de presentar demasiados rasgos inéditos. “Foetra de todos modos algo ayuda, pero lo que está en disputa, a partir de que ellos no van a trabajar con los off shore, es cómo organizar la lucha en esos call centers”.

Modelar el alma

“Para mí está en cuestión el paradigma de la sociedad de la información planteado en los 90” dice Nacho, “una sociedad más democrática, donde el trabajo se vuelve más creativo y todos compartimos riqueza intelectual y de conocimiento, donde todos somos bilingües o trilingües, todos ganamos mejor y somos más felices. Hubo un gran optimismo sobre la potencialidad que podían tener los trabajadores inmateriales, con respecto a la transformación del sistema incluso. Pero lo que se ha hecho es reinventar mecanismos que se creían liquidados como el taylorismo. La disciplina y la modelación del alma de la gente, no para liberar sino para controlar y vigilar cada vez más”. Nacho va más allá: “Se trabaja básicamente modulando y disciplinando el alma del trabajador, su atención, su memoria, su lenguaje, volviéndolo una máquina repetitiva que sólo puede obedecer en el marco que le brinda un software”.

El sistema es el siguiente. Las personas son convocadas mediante avisos en inglés o en castellano (principalmente en diarios y subtes en el caso de Buenos Aires) y los aspirantes aprobados pasan por un ciclo de entrenamiento. Primero, se les “neutraliza” el idioma para que tanto en castellano como en inglés se modulen en ese acento impreciso que suele escucharse en los aeropuertos. Una segunda etapa consiste en el conocimiento del producto y las estrategias de venta.

“El ambiente es relajado, tranquilo, disfrazan todo con gente amena. Para mí, ensambla con el tipo de educación que te dan en los colegios privados. Hay un entrenador y tus compañeros. Es el único momento en que puede haber socialización entre los que trabajan”.

Cuando empieza el trabajo real a cada uno lo instalan ante una computadora, con auriculares de los que se desprende un pequeño micrófono. “Se empiezan a hacer o a recibir llamadas, según el caso. Y según el caso te imponen la métrica: cuántos minutos cada llamada, cuántas por día”.

Timing urinario

El control comienza a ser constante, y el filtro también. “Para dar una idea, en el primer call center en el que trabajé entramos 30, al mes éramos 10, y a los seis meses no quedaba ninguno. El que entra a Teleperformance, por ejemplo (segunda empresa mundial en el rubro, con 37.000 estaciones repartidas en 36 países y que gestiona programas en 35 idiomas para grandes multinacionales del mundo, según su propia presentación local en http://www.teleperformance.com.ar/) se encuentra con un disclaimer (una presentación previa a la entrada a la computadora) donde dicen: si usted acepta esta computadora, está aceptando que monitoremos todo lo que haga en ella”.

La computadora vigila entonces las llamadas, las pausas, “porque hay un programa llamado Avaya, con el que controlan todo. Para ir al baño hay que pedir permiso. Se hace a través del Messenger (software para intercambiar mensajes on line). El permiso te lo dan los del work force, que es una mesa de control, pero queda registrado en Avaya. Hay tres minutos autorizados o menos, según el call center. Avaya va grabando cuánto estuviste en el baño, el tiempo de las llamadas, cuántas hiciste”.

El software funciona de acuerdo a modos. Ir al baño es Modo 2, ir a comer Modo 3, el recreo (en siete horas, dos de diez minutos) Modo 1.

Todo esto suele redactarse en inglés. El operador escribe “bath” o “break” y espera el permiso.

El work force no puede impedir ir al baño, por ley, pero Avaya controla cuánto tiempo lleva semejante tarea. Algún desprevenido diría que lo humillante es -en sí mismo- pedir permiso. Nacho: “Imaginate a un hombre o mujer de 50 años pidiendo eso y esperando el OK”. (En general son más las mujeres que los hombres de media edad quienes se incorporan a estos lugares, como un modo de trabajar mientras sus hijos estudian). Lo que sí queda a criterio del work force es en qué momento se otorga el descanso (en las siete horas de trabajo hay 20 o 15 minutos de descanso, divididos en dos) o el horario de comida (en general 45 minutos), según la cantidad de llamadas que esté recibiendo el call center, o las que haya que realizar. “Te pueden patear dos horas porque lo que les importa es conservar el flujo de llamadas, que no se pierdan, para no perder productividad ante la empresa madre”.

Cada 20 ó 30 operadores las empresas instalan otra jerarquía, la del supervisor. “Algunos se la creen y te hablan o escriben todo en inglés” cuenta Nacho “y otros entran por la variante del amiguismo”. El supervisor monitorea constantemente la pantalla de los operadores, y escucha las llamadas (que por otra parte son grabadas). El supervisor tiene la clave para ver Avaya, que marca en rojo cuando el empleado se convierte en un subversivo que se atrasó un minuto en volver del baño o de la comida.

El cuerpo al servicio del sistema

Mientras tanto el sistema va enviando (o exigiendo) una llamada tras otra sin que el operador pueda detenerlo. Si la métrica es de 4 minutos por llamada, un operador puede llegar a sostener 90 llamadas por día.

En el caso de llamadas entrantes, se ha calculado que un 60 por ciento son quejas de clientes por los servicios: cualquiera que haya hecho una de estas llamadas de queja alguna vez, sabe la carga a la que somete al que está escuchando, que es uno de estos operadores que a la vez está obligado a contestarle cortésmente mientras es escuchado por el supervisor o grabado por el sistema. Nacho: “Y terminás diciéndole cualquier cosa, con tal de que se calme. La gente se queja, y vos tenés que aplacar la queja. Cada dos o tres minutos tenés un problema. Y estás en contacto con el que reclama. Tenés que comerte forreadas e insultos de los clientes por cosas que a vos no te competen en nada, sino que la culpable es la empresa. Con las telefónicas el problema son los malos servicios. ¿A quién insulta el cliente, con toda la razón? Al operador que lo atendió. TE ponen en primera línea, y estás 6 horas escuchando quejas. Pueden ser de acá, de Estados Unidos o de España porque algo no llegó, no funciona, o el televisor le explotó al día siguiente del vencimiento de la garantía”.

En el caso de las ventas ocurre algo parecido: “Tenés que engañar al cliente, directamente. Las multinacionales tienen muy poca ética, y vos tenés que mentirle al cliente, frenarlo para que no eleve quejas ni que llame a un abogado para enjuiciar a la empresa. Pero no podés ayudarlo en serio. Te llama una viejita porque le vino fallado lo que compró, y vos le decís que llame al correo, o al service, siempre se trata de patear el problema para que nunca aparezca una solución”.

Sin embargo, desde el punto de vista de un obrero de una fábrica este tipo de trabajo podría percibirse como liviano. “Es un error” dice Nacho. “Tengo compañeros que han trabajado en fábricas, creyeron que esto es un paraíso más tranquilo, y se encontraron con una situación que te engaña. Parece que estás sentado con la compu, una cosa relajada y tranquila. Pero si lo pensás bien, tu cuerpo está insertado en una serie de mecanismos completamente artificiales que buscan que no te escapes. Tenés los ojos en la pantalla, los oídos tapados por los auriculares, y un micrófono delante de la boca. No podés hablar con nadie salvo el cliente. Los dedos en el teclado y el mouse. Todo tu cuerpo al servicio del sistema para sacarte la mayor utilidad posible”.

La imagen de Pergolini

¿Eso genera alguna clase especial de estrés? Para Nacho, la primera comprobación es el filtro brutal de gente que huye apenas percibe no sólo la violencia que implica este trabajo, sino un segundo crimen que es el engaño con respecto a la parte salarial. Cuenta que muchos de los trabajadores recurren entonces a farmacología de diversa índole para lograr prestar atención, para no deprimirse, para no excitarse demasiado, y así al infinito. La profusión de pastillas parece ser un complemento natural, con perdón de la palabra, de este tipo de tareas.

Otro rubro del trabajo son las encuestas, por las cuales los operadores suelen ser insultados con ahínco por quienes reciben las llamadas. Nacho recuerda especialmente una encuesta levemente inconcebible. El locutor Mario Pergolini mandó a hacer una encuesta para medir en qué podía afectar su imagen dejar de ser la voz de Sprite (bebida de Coca Cola) y pasar a ser la voz de Pepsi. Lo curioso es que la propaganda de Sprite, con la voz de Pergolini, rezaba como un sermón: “La imagen no es nada”.

“Pergolini no sabe, o sabe y no le importa. Pero lo real es que mandó a hacer la encuesta con gente a la que le pagan mal, en negro, a los tres meses. Quieren cuidar su imagen y hacen cosas con empresas que mienten, negrean y estafan a los trabajadores y a los clientes”. Todavía le rebotan en los oídos las veces que, por esa encuesta, le gritaron por teléfono “dejate de joder”, y “pendejo de mierda”.

La voz de Pergolini, en tanto, nos repite que la imagen no es nada. Salud.

La ley de obediencia debida

El salario es variable. Esto significa que hay un fijo mínimo, por ejemplo de 400 o 500 pesos, y el resto (hasta un 40% más) depende del llamado “premio”. El premio no responde a lo que en las antiguas empresas (las de hace 5 años) se llamaba productividad, ni a la cantidad de ventas, sino a haberse amoldado a los criterios disciplinarios del call center:

  • Horario de llegadas, de ir al baño, almorzar o descanso. Ni siquiera con justificación se puede faltar más de dos veces.
  • Criterio de respeto a la imagen de la empresa (un operador fue echado, cuenta Nacho, cuando planteó: “No soy una máquina. No puedo cumplir la métrica que me piden. Me estoy arruinando la vida”. Esto fue tomado como una falta de respeto).
  • La mayoría de las métricas según las que se otorga el premio no tienen que ver con la efectividad de los resultados, sino con la adaptación al sistema de trabajo: “Si no te pasaste del break o lunch, si acataste lo que dice el supervisor, si dijiste esto o aquello en el momento indicado de cada llamada, si respetaste metódicamente el script (el guión preparado para cada llamada), si seguiste el software al pie de la letra”.

Reflexiona Nacho: “El salario en relación a lo producido desaparece. Y se establece en relación a lo controlado. El trabajo y el proceso económico, más que un proceso de producción, aparece como un proceso de control”.

Los call centers tienen diversos personajes para tratar con sus calificados recursos humanos.

Para el entrenamiento, “pibes jóvenes y macanudos, amistosos”.

Para la parte de pagos (cuando anuncian que el premio ha desaparecido total o parcialmente) chicas “lindas y astutas”.

Y para la vida cotidiana, los supervisores: “Gente mala y parca”. El esquema se repite mecánicamente (o digitalmente, ya no importa) en todos los call centers.

Nacho considera que lo insoportable de estar en un call center es el modo en que la persona es literalmente exprimida, el nivel de atención que se le requiere, que lo hace incomparable con el trabajo manual más repetitivo y monótono.

Microperiodismo vs. prensa alternativa

¿Qué hacer ante todo esto? Nacho considera que hay resistencias individuales como faltar, encontrar algún modo de desconectarse de la catarata de llamadas aunque sea a costa de que el sistema Avaya se de cuenta, iniciar demandas judiciales. Cuentan que para iniciarle juicio a en Teleperformance hay poco menos que lista de espera. “Pero esas son cosas del día a día y eso no ayuda necesariamente a una organización”.

Sin embargo hace tiempo que empezaron las acciones colectivas. Ya se ha contado cómo Atento fue tomado, aunque la empresa logró ir desbaratando toda forma de protesta. Arnet logró entrar al convenio de los telefónicos (que establece un básico de 1.200 pesos). La enorme mayoría, sin embargo, permanece en manos del sindicato de Comercio, conducido por el combativo Armando Cavalieri, que últimamente no ha logrado ser fotografiado durante sus vacaciones en el Caribe, ni sus reuniones de trabajo con empresarios, obispos, senadores, militares y ministros.

Nacho cree que la experiencia de resistencia más interesante en los call centers ocurre a partir de lo que él denomina micro periodismo. “El periodismo alternativo actúa muchas veces igual que los medios masivos. Periodistas ajenos al conflicto, que informan sobre algo. El impacto es bastante pobre y a la lucha del trabajador no le sirve. Puede ser como imagen ante la sociedad, pero a la empresa no le importa nada”. Un periodismo que se considera “alternativo” a otro, en realidad forma parte de su misma lógica, y esa lógica, propone Nacho, es la que hay que romper.

¿Y qué es lo que sí le importa a una empresa? “Que el trabajador se apodere de los vínculos, de la comunicación, de su voz. El micro periodismo sería un periodismo que no tenga el fin de comunicar universalmente a toda la sociedad, sino algo singular y pensado hacia la propia situación del trabajo. Y que por eso mismo no pueda ser normalizado (los entrenadores de los call centers dirían “neutralizado”) por el discurso que tienen los medios comunes, ni los alternativos”.

Este periodismo micro puede lograr vínculos entre los trabajadores, aumentar la información con respecto a las empresas, crear modos propios de comunicación entre quienes se implican verdaderamente en el conflicto, y no como un discurso externo. “Claro, la comunicación como una instancia más de la lucha, sin delegarla a periodistas, artistas ni intelectuales” dice Nacho.

Lo que nadie quiere ver

El ejemplo puede ser la página http://www.teleperforados.com.ar/, otro trabajo de los conjurados de los call centers. La página se abre con una declaración a favor de la libertad de expresión basada en la Constitución Nacional y los pactos internacionales sobre Derechos Humanos.

Lo primero que se ve es a un mono encadenado y con auriculares: “Esclavo del sector 7 G”. Luego aparecen frases: ¿Estás cansado de que te traten mal en el trabajo? ¿De la inoperancia? ¿De las condiciones laborales? ¿De que te exploten? ¿Y conformarte? Ayudémonos entre todos. Ahora”.

Luego aparece el símbolo de una carita triste, a la que le perforan la nuca con un taladro. De la cabeza caen monedas. Una frase posterior postula: “Hoy decimos basta, cansados de los maltratos y malas condiciones en los call centers”. Rúbrica: “Todos somos telefónicos” (Ese es el reclamo de los call centers off shore, que Foetra parece haber descartado como reivindicación, lo cual abriría la posibilidad de un modo de sindicalización nuevo, según el argumento de Nacho).

El resto de la página incluye informes, noticias, convocatorias, hay un foro de discusión y páginas a las que enviar currículums para buscar trabajo.

La frase de un dramaturgo y poeta alemán funciona como lema de la página web. Nadie debería olvidarla, a riesgo de eternizar la perforación de cerebros: “Cuando el delito se multiplica, nadie quiere verlo”.

Será cuestión de confirmar si los teleperforados y otros clandestinos como Nacho beben sus lágrimas, siguen inventando modos de organización, zafan de la neutralización de su propia voz, y logran desmentir a Bertold Brecht.

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La Arquitecta Silvia Chauvin es editora de Mujeres de Empresa, escribe sobre temas de tecnología y redes sociales.