Las Mujeres Decimos NO A La Guerra

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Las mujeres tenemos mucho que decir en esta guerra cruel e ilegal, rechazada por la opinión pública, ignorada por quienes han decidido llevarla a cabo.

La humanidad somos todas y todos, y aquí es la sociedad patriarcal, los hombres que controlan el poder, los responsables de toda esta barbarie.

Este orden basado en el valor exclusivo de lo masculino genera injusticia, desigualdad, odio y violencia. Tenemos que reivindicar la necesidad de inventar una nueva realidad política a través de la aportación de las mujeres.

Que nosotras participamos de ello, desde una posición de inferioridad, aceptando lo que ocurre, es algo que debemos debatir, es un quehacer diario para sacudirnos esa dominación histórica, y en ello estamos.

La razón más probable del sometimiento femenino es el desarrollo de la competencia y la guerra entre los grupos, en general como respuesta a la presión de condiciones ecológicas y sociales compulsivas.

Desde el principio de la Historia, todas las sociedades humanas estipulan ciertas tareas como las propias de un sexo u otro. Las mujeres tenían la responsabilidad del cuidado de los menores, los hombres la responsabilidad de la caza mayor. Pero la división del trabajo, por si sola, no significa que uno tenga más valor que otro.

La subordinación femenina se produjo cuando las sociedades comienzan a sufrir la presión del entorno, la competencia en el interior de un grupo o con otros debido a la escasez de recursos, y es poderosamente reforzada por la aparición de la guerra. Las armas de caza se convirtieron en armas de guerra, que eran monopolio de los hombres.

Las mujeres aceptaron este sometimiento a cambio de protección, sobre todo si estaban embarazadas o tenían hijos e hijas pequeñas.

Una de las razones elementales por las que las mujeres rechazan la guerra es debido a que todo ser humano torturado, mutilado, incapacitado o muerto a causa de la guerra es, por definición, un nacido/a de mujer, de modo que con ello se atropella el valor y el esfuerzo de todas las mujeres, en tanto que madres reales y/o simbólicas de la humanidad, en la medida en que se malogra su producto más genuino: el ser humano mismo.

Hay que añadir además que en las nuevas guerras de los patriarcas hay más muertos civiles, en su mayoría mujeres y niños, que militares. En la guerra no sólo mueren personas y se destruyen cosas materiales. También se produce un grave deterioro psicológico en quienes quedan con vida y una ruptura o congelación de las relaciones humanas.

Como declararon mujeres pacifistas de la antigua Yugoslavia, no debemos olvidar el uso y el abuso que se hace de las mujeres. Por una parte se les asigna el papel de guardianas de los valores tradicionales. Por otra, su cuerpo se convierte en territorio a ocupar.

De este modo, las mujeres son sometidas a una doble violación, física y psíquica, tanto por el bando amigo como por el enemigo, a ambos les une la obsesión por apropiarse del poder procreador de la mujer (para fabricar guerreros) y por utilizarla como objeto para humillar al otro bando.

Muchos y algunas se preguntarán por qué las mujeres, como colectivo, tenemos que manifestar nuestra oposición a esta guerra injusta. Lo hicimos el día 8 de marzo, y lo seguiremos haciendo, porque no debemos olvidar la invisibilidad de las mujeres a lo largo de la Historia.

Tampoco debemos caer en la trampa de que hoy en día nos van mejor las cosas. Según un estudio promovido por el Instituto Navarro de la Mujer y la Universidad de Navarra, se constata que sólo el 1% de las informaciones que difunden los medios de comunicación tiene como protagonistas a las mujeres.

La política internacional, las leyes, los gobiernos de los países, están en manos de hombres cuyos valores y esfuerzos siguen manteniendo una sociedad patriarcal que nos excluye. Las mujeres que acceden a esos núcleos decisorios de poder deben plegarse a ese orden masculino, y no nos sirven de referencia al resto en la lucha por la Igualdad de Oportunidades, salvo honradas excepciones, dignas de admirar por el esfuerzo humano y personal que todas sabemos que realizan.

No debemos lamentarnos. Es hora de actuar, de participar en la vida pública de manera activa, cada una en el campo o actividad que más le satisfaga, pero siempre haciéndonos oír.

Dejemos de seguir siendo invisibles en unos tiempos en los que más se nos necesita, ya que podemos aportar unos valores universales, inherentes al ser humano, pero que tradicionalmente se nos han adjudicado a nosotras, exclusivamente: intuición, sensibilidad, respeto, cuidado, solidaridad, …. y que están ausentes en los círculos políticos y en el ejercicio del poder.

Cuando todas y todos compartamos la ética del cuidado muchas de las barbaries que están ocurriendo, en especial la violencia de género y la guerra, no tendrán cabida en nuestra sociedad. Nadie destruye lo ha creado y cuida después.

Para terminar, estoy plenamente convencida de que no se nace ser humano, sino que se aprende a serlo. Todas y todos, compartiendo, podemos lograrlo.

En estos tiempos de desesperanza e impotencia, siempre espero un futuro mejor para mis hijos, y para el resto de las niñas y niños del mundo, incluidos a las y los que viven en Irak, a pesar del gran sufrimiento que están padeciendo en estos momentos.