Sordos, Miopes y Mudos: La Antropología y la Demografía Ante la Sexualidad Masculina

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Un segundo ejemplo de cómo los modelos demográficos se enriquecerían con una investigación de tipo cualitativo, es el caso de uno de los modelos más poderosos, más robustos para estimar los determinantes próximos del descenso de la fecundidad: el de John Boongarts.

En esencia el modelo de Boongarts encuentra que 75% de la varianza en los niveles de fecundidad de una muestra muy grande de países (más de 70), se explicaba por cuatro determinantes próximos; la nupcialidad, la lactancia, el aborto y, la prevalencia anticonceptiva. Innumerables estudios empíricos han utilizado este modelo y su metodología para estimar los determinantes de los diferenciales de fecundidad observados entre y al interior de la mayoría de las sociedades contemporáneas, encontrando que hay cambios notables en el peso relativo de estos cuatro factores en diferentes sociedades.

De esta comprobación surge la necesidad de abordar a los actores sociales que toman las decisiones, respecto de la nupcialidad, los patrones de lactancia, el uso de anticonceptivos y el aborto. Sólo así podrá dársele sentido a las cifras demográficas.

En el caso de la sexualidad y la conducta reproductiva masculina, aún es incipiente incluso hasta la medición de sus dimensiones y diferenciales cuantitativos. Con excepción del reciente y monumental trabajo de Laumann, Gagnon y otros (1994), referido a patrones de conducta sexual entre adultos de Estados Unidos, la investigación empírica sobre este terna es en general inexistente.

Son prácticamente desconocidas dimensiones como: el contexto, tipo de pareja y edad en el momento de la iniciación sexual, los patrones de enamoramiento y selección de pareja, la presencia y frecuencia de prácticas homosexuales y bisexuales, la percepción y cumplimento de roles paternos, las actitudes y usos de anticonceptivos masculinos, la frecuencia y tipo de relaciones paralelas, etc. Al iniciarse esta prometedora línea de investigación sería deseable que “cuantitativistas” y “cualitativistas” dejen de ignorarse mutuamente para enriquecer tanto la metodología de recolección de información estadística, como la teoría sobre masculinidad y sexualidad masculina. Así podríamos ser un poco menos sordos y miopes a los aportes con que diferentes disciplinas y aproximaciones metodológicas pueden contribuir al tema.

Un tercer asunto que ilustra el potencial heurístico del diálogo entre demografía, antropología y otras ciencias sociales, es el análisis de las implicaciones que tienen para la sexualidad y la vida reproductiva, ciertos cambios demográficos bien conocidos. El primero de ellos se refiere a la prolongación de la vida. En casi todos los países del mundo, incluso entre los más pobres durante las últimas cuatro décadas, los incrementos en la esperanza de vida al nacer y en la duración de la vida promedio, han sido notables. Basta recordar un dato para ilustrar este hecho: en la década de lo cuarentas el promedio de vida en América Latina era igual al que tenía Europa en el siglo XVI, a saber, 35 o 36 años. Actualmente la esperanza de vida al nacer, con pocas excepciones, se estima entre los 65 y 70 años.

Las implicaciones que tiene este fenómeno de prolongación de la vida en los patrones de nupcialidad, la estabilidad marital y la infidelidad, son enormes y han sido poco exploradas desde el punto de vista de conductas, normas y valores. El periodo de vida del adulto en el que éste es sexualmente activo o potencialmente activo, se ha incrementado de 20 a 25 años hasta 40 a 45 años, tanto por una menor edad de la maduración sexual, a consecuencia del aumento secular en talla y peso, como por la mayor longevidad. En la medida en que no ha habido cambios significativos en la edad en el momento de la primera unión en América Latina en los últimos 40 o 50 años, no tengo duda de que por, ejemplo, el incremento en la tasa de divorcios tiene que ver con el hecho de que ahora las parejas tienen que convivir no 10 o 15 años sino 40 o 50. Algo similar podría plantearse respecto a cambios en el tipo y nivel de actividad sexual durante un periodo tan prolongado, así como en las dimensiones de género que se redefinen en la vida de pareja y fuera de ella.

Otra implicación obvia para el cambio de roles paternos y maternos se asocia no sólo al descenso de la fecundidad sino a la concentración del periodo reproductivo en una porción decreciente y en las primeras edades de la vida reproductiva; lo que los demógrafos llaman “la cúspide temprana de la fecundidad”. De los 40 a 60 años de vida sexual potencial, la pareja contemporánea pasa menos de la mitad cumpliendo el rol de padre/madre y proveedor debido tanto al menor número de hijos, como al hecho que los nacimientos se concentran en ciertas edades de la mujer (habitualmente entre los 20 a 25 años y en algunos casos entre los 26 y los 30). A diferencia de las parejas en contextos de alta y prolongada fecundidad, la pareja moderna pasa sólo 30 a 40% de su vida en común como padres y madres; el resto del tiempo son pareja sin hijos o con hijos adultos que muchas veces abandonan el hogar a temprana edad. Ello es sin duda uno de los factores condicionantes de la ampliación de los roles para las mujeres y la relativización de la identidad esposa-madre, pues la mujer en la sociedad actual ya no pasa toda su vida adulta embarazada o como madre de niños pequeños. En cuanto el varón, aunque nuestra cultura otorga menos nitidez al rol paterno, desconocernos cómo estos cambios demográficos reformulan el peso del rol de esposo/compañero frente al de padre.

La caída de la fecundidad y su concentración etárea tienen además implicaciones más profundas sobre nuestra manera de concebir el concepto de salud reproductiva, la que debería definirse más bien como salud sexual. Estimaciones propias confirmadas por el trabajo de Laumann y Gagnon muestran que un adulto llega a tener unos 3 000 a 3 500 coitos durante su periodo de vida sexual activa; de este total puede estimarse que sólo dos o tres tienen intención reproductiva; ¡¡menos de 0.07%!! El creciente interés sobre la sexualidad como objeto de investigación académica se basa sin duda en este hecho, entre otros.

Pese a estos cambios la gran mayoría de los programas de planificación familiar hace énfasis en lo reproductivo y no lo sexual, como el tema principal de su accionar. En los tiempos del sida, éste es otro de los conceptos desorientadores que es necesario revisar no sólo por sus implicaciones conceptuales, sino por sus necesidades operativas y consecuencias prácticas.

Otra dimensión importante de fenómenos demográficos que tienen relevancia directa para la sexualidad en un enfoque cualitativo es la migración. La migración ha sido trabajada sobre todo en la década de los sesenta como el tema central de los estudios en población, recordemos los esfuerzos de Flacso, Clacso, Pispal, Colegio de México, etc., ya que era considerado el indicador más claro de la modernización. América Latina se modernizaba mediante la migración del campo a la ciudad, la urbanización era sinónimo de modernidad. Muy pocos estudios han planteado la relación entre migración y sexualidad, la cual no es evidente pero sí relevante. En general la migración interna en América Latina ha supuesto el traslado de población joven de contextos más tradicionales a contextos más urbanos y modernos. El cambio de residencia implica generalmente también un cambio de contexto cultural. Sin embargo poco sabemos de la adopción de los nuevos patrones de sexualidad, valores, conductas y percepciones, de los migrantes en su nuevo contexto. Mas aún, si ampliamos el concepto de migración al turismo, entendernos que en esta actividad hay un elemento muy importante de cambios en valores sexuales, de cambios en lo que son patrones de interacción sexual e incidencia de prostitución infantil y adolescente. Importantes centros turísticos como Río, La Habana, Santo Domingo, etc., experimentan cambios en la organización social de la sexualidad que si bien parecen responder al fenómeno del turismo externo, tienen importantes consecuencias y repercusiones en la vida local.

Por último es interesante en el diálogo entre demografía y antropología considerar otro tipo de migraciones: las internacionales. Las fronteras se han ido borrando con la globalización y el abaratamiento del transporte internacional; tenemos frecuentemente zonas rurales muy tradicionales como en el caso de México (Oaxaca es un ejemplo y Zacatecas también), en las que los hombres dejan sus hogares rurales y se van a trabajar a Estados Unidos por tiempo más o menos largo. ¿Cuánto sabemos sobre su sexualidad cuando están fuera y los riesgos que implica incluso desde el punto de vista del sida? Un estudio muy reciente de Nelly Salgado (1995), da cuenta de casos de migrantes mexicanos infectados por vih que regresan y transmiten el virus a sus esposas quienes quedan atrás en las comunidades rurales y quienes no tienen idea de la actividad sexual de sus parejas y, de los riesgos de salud que corren. Es probablemente muy frecuente en migrantes internacionales esta doble moral y lo que podríamos llamar la doble cultura de la sexualidad. Éste es otro tema fundamental por su creciente magnitud y sus implicaciones en la salud pública que supone recoger la evidencia demográfica respecto a los flujos, volúmenes, composición por sexo y edad, etc., pero complementándola con el estudio de sus consecuencias para la sexualida del migrante y para su pareja.

Una de las dimensiones que traba un diálogo más fluido entre la demografía y la antropología, y que propicia la incomunicación entre enfoques cuantitativos y cualitativos, es el de las diferencias metodológicas.

Tomemos en primer lugar el tema de la fecundidad y la sexualidad. El peso de la perspectiva biomédica en demografía ha llevado a centrar la medición de la fecundidad y el comportamiento reproductivo casi exclusivamente en la mujer. El concepto de fecundidad masculina o de paternidad carece de referente empírico y casi no es considerado como categoría de análisis en las encuestas demográficas. Sólo recientemente se han incluido submuestras de varones en las Encuestas Demográficas y de Salud (DHS 0 Endes) que se aplican en América Latina en forma regular desde los años setenta. Sin duda ellas proporcionarán valiosa información permitiendo no sólo análisis cuantitativos sino obtener pistas para realizar estudios en profundidad de las dimensiones cualitativas de la sexualidad masculina y la paternidad. Es además deseable que esta información revitalice la discusión conceptual y metodológica sobre categorías de análisis aplicables al varón.

Una segunda dimensión metodológica que es pertinente considerar en este intento de promover un diálogo informado entre antropología y demografía, es la utilización rutinaria de espacios geográficos corno unidades de recolección y análisis de la información tan frecuente en las fuentes censales y en las encuestas demográficas. Una larga tradición de las estadísticas oficiales ha terminado por considerar ámbitos administrativos y políticos como entes con fecundidad, nupcialidad, migración, mortalidad etc. Si bien estas divisiones territoriales son indispensables para la cartografía censal y de encuestas, se debe superar su utilización como categorías de análisis con significación social. Para ello es indispensable recoger información de comunidades, hogares e individuos que resulten más relevantes para el análisis social.

Un avance metodológico importante ha sido la utilización del doble registro en estimaciones demográficas para áreas pequeñas. Aquí en México se hizo un trabajo muy interesante liderado por José García Nuñez que validó la utilización de técnicas de doble registro para obtener estimaciones demográficas para áreas pequeñas. Sin entrar en los detalles técnicos, básicamente: consiste en usar dos tipos de fuente, generalmente encuestas y registros vitales o continuos para producir por correlación entre indicadores, estimaciones confiables de niveles de fecundidad, de mortalidad, de migración etc., para áreas pequeñas. Esta técnica que podríamos llamar microdemografía me parece que podría ser sumamente útil para la investigación antropológica sobre áreas culturales y grupos étnicos que presentan una concentración geográfica conocida. La microdemografia nos puede permitir detectar a grupos étnicos o sociales que presentan variantes en sus patrones demográficos para proporcionar pistas de una aproximación más profunda a los patrones culturales y conductuales que explican estas variantes. El análisis en profundidad de los “casos desviantes” pueden proporcionar valiosa información para luego, por comparación, entender los patrones más frecuentes del cambio demográfico y sus determinantes. Ello implica no ignorar la evidencia proporcionada por la microdemografia, sino más bien estructurar la muestra cualitativa en función de variables de cambio demográfico divergente para profundizar los procesos sociales y el significado que opera detrás de éste.

Hay muchos ejemplos que quisiera mencionar pero por economía. me voy a referir solamente a uno en el que he trabajado directamente. En Perú hace algunos años plantearnos un estudio para entender qué explicaba la variabilidad en las conductas reproductivas de mujeres, detectada a partir de enormes diferenciales de fecundidad que proporcionaban varias encuestas demográficas. La pregunta era, ¿qué explica más las diferencias en el patrón de descenso y en el nivel de la fecundidad: el contexto cultural o la generación? La información sobre patrones y niveles diferenciales de fecundidad la tomamos de encuestas demográficas que mostraban que en ciertas regiones del país había habido una caída sumamente rápida de la fecundidad entre 1970 y 1980 y en otras era muy lenta o no se percibía. Lo que hicimos fue combinar dos variables, una básicamente cultural y otra demográfica; contexto cultural y generación, para estimar el peso relativo de estos dos grandes factores en el cambio/estabilidad en la fecundidad. Escogimos tres contextos culturales con diferente tradición idiomática, étnica y económica, en los cuales trabajamos con base en el estudio de historias de vida con generaciones de mujer mayores, de edad intermedia y mujeres jóvenes. Entre los principales hallazgos encontramos que entre las mujeres mayores existían, en los tres contextos culturales considerados, notables diferencias en las creencias, valores y el comportamiento sexual y reproductivo. Entre las jóvenes de los tres contextos se encontraron, por el contrario, muchas similitudes tanto en sus actitudes y creencias, como en su conducta sexual y reproductiva, existiendo por tanto un proceso de homogenización cultural por su mayor acceso a la educación formal, exposición a los medios masivos y la migración. Con este ejemplo quiero destacar que combinar metodologías y evidencias demográficas con investigación antropológica puede permitir una mejor comprensión del proceso cultural y social que existe detrás de los diferenciales demográficos.

Juntos pero no revueltos

Por último, quisiera referirme a otro tema que en este evento se trabajó mucho y que además es recurrente de la investigación social desde hace veinte años. Se trata del reclamo de la interdisciplinariedad, es decir, el debate entre ésta y la especialización, que podría resumirse en ese castizo dicho de “juntos pero no revueltos”. Mi impresión es que, lo que resulta útil no es el renunciar a las diferentes especializaciones disciplinarias, sino el propiciar un diálogo entre ellas como el que hemos tenido aquí. Es importante que, sin renunciar a las perspectivas específicas de cada disciplina y a su avance en técnicas y métodos, puedan establecerse pesquisas conjuntas en función de agendas temáticas de interés mutuo. Para evitar sorderas, miopías y la falta de diálogo es necesario cerrar el círculo para poder replantear nuevas maneras de investigar viejos temas en que las evidencias aportadas por la demografía y la investigación cuantitativa sirvan de insumo y pistas para la investigación cualitativa y en profundidad. Esto implica un diálogo informado entre los investigadores de diferente formación, unidos por intereses temáticos similares, los más acotados posibles, para maximizar el potencial explicativo de diferentes técnicas y métodos de investigación social.

Quisiera terminar señalando que encuentro todo lo que aquí se ha discutido sumamente interesante y considero que he aprendido mucho más de lo que puedo ofrecer. Concluyo citando una frase del entonces primer ministro británico, Winston Churchill que considero pertinente en este contexto y que pronunció al empezar la invasión de Francia durante la segunda guerra mundial: “[ … ] esto no es el fin, ni siquiera es el principio del fin, pero quizá sea el fin del principio […]”

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