Género y Construcción Social

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El género figura entre los términos de reciente introducción en el lenguaje mediático y político. Utilizado como término sustitutivo de sexo o de mujer, tal perspectiva implica una mirada a la diferencia sexual como construcción cultural. Propone una alternativa a las tradicionales interpretaciones esencialistas de las identidades masculinas y femeninas al considerarlas como producto social y no de la naturaleza. Y sitúa la organización sociocultural de la diferencia sexual como eje decisivo en la organización política y económica de nuestro mundo.

Los discursos de género han elaborado diferentes representaciones culturales que han creado arquetipos populares de masculinidad y feminidad. Asociadas inicialmente con la naturaleza y más tarde con la cultura, crearon un imaginario colectivo extendido sobre supuestas características y cometidos sociales de hombres y mujeres. Los arquetipos de género desempeñaron un papel decisivo en el desarrollo y pervivencia de prácticas sociales, creencias y códigos de comportamiento diferenciados según el sexo.

Entre ellos, el discurso de la domesticidad asentó los parámetros de la sociedad industrial moderna desde el sistema de género. En el contexto de la emergencia de la nueva sociedad industrial liberal, marcó las creencias y valores asociados con la diferencia sexual y justificó el poder masculino y la subalternidad de las mujeres. Bajo la cobertura de la moderna voz de irrefutable autoridad de las ciencias, reforzó la tradicional lógica religiosa para redefinir a la identidad femenina en función de la maternidad entendida como deber social ineludible. Vertebrado entorno a un ideario de domesticidad, definía a las mujeres como madres y esposas abnegadas, dedicadas a la familia, sin proyecto de vida propia.

Evocadas en modelos femeninos de “ángel del hogar” o de “perfecta casada”, las señas de identidad femenina se formulaban desde la naturaleza y la diferencia sexual biológica de la reproducción. Implícitamente, esta construcción cultural dejaba a las mujeres sin el reconocimiento de un requisito básico de la modernidad: la individualidad.

Y, como denunció Simone de Beauvoir, las mujeres se definían como el “segundo sexo”, cuya identidad se construía en función del otro sexo, del varón. La dedicación de las mujeres a las tareas domésticas entendidas de exclusiva incumbencia femenina se reforzada en este modelo que significó su enclaustración en la casa. La división de los espacios de hombres y mujeres significó su exclusión del espacio público, prohibición que explica la resistencia al sufragio femenino y las dificultades de lograr la paridad de género en la representación política.

El discurso de género construyó la identidad masculina en otros términos: superioridad, trabajo, sostén económico del hogar, virilidad, ciudadanía y perfil de hombre público. Ubicados en la esfera de la cultura, de la razón, de la individualidad y del espacio público, los hombres se convirtieron en único sostén económico de la familia. El trabajo fue pilar identitario de la masculinidad moderna que parece haber entrado en crisis con la precariedad laboral de la sociedad postindustrial actual. El arquetipo masculino detentaba la autoridad económica y política de este nuevo orden moral de la economía de mercado y de la modernidad.

El siglo XX y la reformulación del discurso de género

En el siglo XX se produjo una reformulación del discurso de género en términos de un nuevo prototipo femenino -mujer nueva o mujer moderna- pero no cambió el eje central de la maternidad como pilar de la identidad femenina. Se introdujo la noción de la igualdad entre los sexos, pero basada en la idea de la diferencia de género y la complementariedad de la función social de hombres y mujeres.

A principios de nuestro siglo XXI el Estado ya no da cobertura legal a la discriminación de las mujeres. El principio de la igualdad se inscribe en la ley y en los valores culturales y la asociación de la mujer con la naturaleza o el espacio privado queda cuestionada. Pero cabe la pregunta de si permanecen lecturas culturales ocultas del discurso de género que contribuyen a mantener prácticas sociales discriminatorias que limitan las opciones de las mujeres.

¿Podemos afirmar que cuestiones como la tendencia de asignar a las mujeres la atención a los hijos y a los ancianos, la lentitud de la inserción igualitaria de los varones en el espacio doméstico y sus trabajos, las actitudes discriminatorias hacia las mujeres en el trabajo a pesar de mejores expedientes académicos o el déficit de mujeres en puestos de responsabilidad en el mundo político, académico y profesional, pueden obviar una explicación en clave de la pervivencia de elementos del discurso de domesticidad?

Es preciso abrir una reflexión en torno al discurso de género del siglo XXI que a pesar de su capacidad de adaptación a los cambios culturales aún no se asienta del todo en el principio de la igualdad.

Y cabe otro debate sobre el peso de la lógica de la igualdad de género en nuestros valores culturales y prácticas sociales.

VIA Mary Nash
FUENTE La Morada
La Arquitecta Silvia Chauvin es editora de Mujeres de Empresa, escribe sobre temas de tecnología y redes sociales.