En Busca de una Mirada Tridimensional del Ceremonial

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Era un mes de mayo de hace tres ó cuatro años y el día “D” se acercaba: Estaba por asistir a un Encuentro Nacional de Ceremonial, organizado por A.P.C.R.A. y había sido convocada para colaborar con las tareas de organización, al igual que otros miembros y alumnos de la Asociación.

Al igual que como, seguramente, sucedía con muchos colaboradores y con otros tantos asistentes que llegaban desde distintos puntos del país, en casa también ya estaba todo organizado para partir, en plenas vacaciones de invierno. Los hijos, los perros, las compras, la comida hecha, las infinitas notas con teléfonos e indicaciones en caso “de cualquier cosa” (tengo previstos hasta movimientos telúricos), etc.

Había decidido que, desde ahora, tenía que empezar a pensar también en mi vida, en mis proyectos. Ya había hecho una donación de tiempo familiar en cantidad y calidad más que suficiente, como para ganarme el derecho a volver “al frente de batalla”, sin culpas. Porque cuando en una familia, además de seguir cuidándolos, claro, la mamá está haciendo algo que le hace bien a ella misma, todo “se arregla”, nada se derrumba y nadie muere intoxicado por comida en mal estado, ni por desnutrición…

(Lo que le haya hecho creer su marido, sus hijos o su suegra, o lo que usted quiera hacerles creer a ellos, porque tiene miedo de enfrentar la calle o porque quiere hacerles pensar que es indispensable, señora, es puro tu-ru-ru. Y lo peor, es que ya no se lo “traga” nadie…)

Había logrado mandar una importante cantidad de gacetillas de prensa, tarea que me había sido asignada, gracias a un mailing de prensa VIP, que me pasó una amiga (A-MI-GA).

– “Siempre me salvan los amigos… Será porque no debo ser tan poca cosa”, me dije a mí misma, para fortalecer un poquito mi auto-estima, un ejercicio que practico dos minutos cada día.

Recomiendo a todos ustedes (sí, ustedes, “los que me siguen con la cámara tres”, gracias Sr. Director), que escuchen este consejo y empiecen a verse con menos dureza porque, como decía mi abuelita : “si vos no te cuidás y no te querés, nena, te comen los leones …” Y tenía razón.

Así es que, recordando a mi abuelita y con la frente en alto partí, “sobriamente perfumada y elegante”, treinta minutos antes de la hora de convocatoria, para colaborar y “comerme el mundo… pero por orden alfabético, por supuesto”.

– “Apúrese que no llego”, le dije al señor del taxi, que parecía estar trabajando para el enemigo… – “Vísteme despacio que estoy apurado, dijo Napoleón”, me contestó el susodicho muy calmo y, entonces, pensé: “Sonamos, justo a mí me toca un intelectual desempleado, que no tiene la menor idea de cómo está el tránsito en el microcentro, ni por dónde tomar, porque está usando el auto del cuñado, que le tiró “un hueso”, y yo voy a terminar en serio como Bonaparte, loca como las caricaturas, con el sombrero de papel de diario atravesado y la mano adentro del saco…”

-“Usté(sic) tiene cara de política ¿o me equivoco?” -“Lamento decirle que sí, se equivoca. Solamente me intereso por el Ceremonial y por eso estoy tratando de llegar a unas Jornadas de esa materia, algo que no voy a poder hacer si usted no deja de comerse todos los semáforos y empieza a poner el pie en el pedal del acelerador.” -“Así que CE-RE-MO-NIAL…. Entonces no la “pifié” demasiado, o me equivoco? No, si yo sabía que usté tenía pinta de algo raro…” siguió diciendo, como si no hubiera escuchado nada de lo que le había sugerido.

“Este no es un filósofo desempleado,” pensé después. “Éste es un pesado que no tiene ganas de trabajar, tiró el anzuelo y, como siempre, yo piqué. Lo único que me falta es que este aparato trabaje para una cámara sorpresa”, seguí reflexionando, sin saber muy bien si tenía ganas de ahogarlo y agarrar el volante, tipo “acción comando de series americanas”, o seguirle la corriente, sonreír a la supuesta cámara sorpresa y empezar a divertirme yo también…

-“¿Usted sabe qué es el Ceremonial?” (le pregunté, agrandada, pensando, ¡ilusa!, que ahora era mi turno…) “¡Cómo no voy a saber, si yo leo los diarios. En todas las paradas, me leo todo de ojito… Son esas gansadas que hace Di Tella, que le manda ositos a los kelpers, como si fueran todos tarados y después, cuando desfilan los milicos. Bah, desfilaban, porque ahora ni para eso ponen un mango. Se lo están llevando todo para afuera ¿o me equivoco?,” me dijo, levantando la barbilla con una mirada pícara, para poder ver por el espejo mi reacción, porque seguía convencido de que yo “estaba en el tema” (ay!, ideario popular, de cuántas cosas nos dirías que te has hecho cargo, si pudieras hablar!…)

-“Desfiles eran los de antes (siguió), cuando mi viejo, que era hijo de gallegos, me llevaba a la Avenida de Mayo, me sentaba sobre los hombros y me compraba una banderita argentina, ¡de tela! eh? no de plástico como las que se ven ahora, para tener en la mano y agitarla cuando pasaran los soldados. ¡Qué emoción tenía mi viejo cuando escuchaba las marchas! Yo la sentía porque los hombros se le ponían más altos y fuertes, parecían torres… Sabía que no se iba a cansar nunca de sostenerme. Después, me llevaba a tomar chocolate con churros al hotel Castelar…Qué se yo cómo explicarle lo que se sentía, si usted es más piba que yo ¿o me equivoco? No, no creo que se acuerde… ¿A mí me va a hablar de Ceremonial?. Imagínese que yo soy de la clase ’49, así que cuando tenía 6 ó 7 años empezaron los desfiles del gobierno de Aramburu… y la colimba me tocó “en tierra”, en el 67. Nunca me voy a olvidar de esa experiencia… pero otro día se la cuento, porque ya estamos en la puerta del banco. ¿Vió que Napoleón tenía razón? Llegamos cinco minutos antes”.

Me bajé con la sensación, diría tal vez con la certeza, de no haberle enseñado nada y menos aún, de haberme divertido. Por el contrario, me hizo reflexionar acerca de nosotros, de nuestra propia historia. En cierta forma, este hombre me había transmitido, dentro de toda su confusión y aparente desconocimiento, sentimientos muy fuertes relacionados con las ceremonias, con nuestras instituciones y nuestros símbolos, con el orgullo de la identidad nacional y también con la nostalgia de haberlos perdido, sumados a ciertos gestos de las autoridades que nos hacían desconfiar, porque no los entendíamos ni los sentíamos parte de nuestra cultura. Definitivamente, había clavado en mí, tal vez sin siquiera imaginarlo, la inquieta aguja de la curiosidad.

Por primera vez, aún cuando ya me lo habían dicho de maneras más teóricas, tuve la sensación de entender el Ceremonial como una herramienta poderosísima de la comunicación y no como el mero conocimiento de un conjunto de normas formales y sin objetivos esenciales.

¿Qué era lo que yo buscaba allí, en esas Jornadas? ¿Cumplir con una actividad más, hacer Relaciones Públicas? ¿O, además de eso, tratar de seguir desentrañando este intrincado manejo de las ceremonias, de las jerarquías, de las tradiciones populares, pero desde mi lugar, aprendiendo a desarrollar mecanismos de excelencia en la comunicación, empezando por nosotros y por la familia misma hasta llegar, ladrillo sobre ladrillo, al nivel más alto de las organizaciones creadas por el Hombre?

Mientras entraba al ascensor, me di cuenta de que dependía de mí tomar conciencia del sentido de esta experiencia, de todo lo que podía aprender y de cuál tenía que ser mi verdadero objetivo, durante esos dos días y desde ese momento, en adelante …

Aquel día, por primera vez, entendí que necesitaba, más que encontrar respuestas, seguir buscando las preguntas adecuadas para encontrar el camino que le diera un sentido más profundo a este maravilloso lenguaje de símbolos y gestos y jerarquías.

Uno de los modelos a través de los cuales encontré esta nueva mirada del Ceremonial, fue a través del estudio de la PNL, técnicas de Programación neurolingüística, logrando así una maravillosa mirada “tridimensional” de la comunicación y de la excelencia en el comportamiento humano.

Pero ése… ya es tema del próximo capítulo.