El Rol de las Mujeres en el Crimen Organizado

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Las mujeres del poder

Son las mujeres de… Esposas, hermanas, primas, parientes políticas, esposas de amigos, amigas, amantes. Siguen a sus hombres, los amparan, los cubren, se asocian. Ocupan cargos por su lealtad, o mueven los hilos detrás de bastidores. Conforman los «círculos femeninos» de ciertos personajes políticos o altos funcionarios algunos sospechados de estar inmersos en redes de narcotráfico o tráfico de armas.

De vez en cuando se rebelan, algunas por motivos personales, otras porque su situación se están volviendo insostenibles y temen a la justicia y temen que el poder las abandone. No siempre son figuras notorias a nivel nacional pero lo son a nivel provincial o local. Son intocables como los que las amparan. Se conocen sus historia cuando se ven envueltas en algún escándalo o cuando la integridad física de sus familiares, sobre todo de los hijos ha sido menoscabada.

Si el poder marca a las mujeres que lo ejercen o son parte de ello, dentro de las relaciones con las organizaciones delincuenciales se encuentran otras mujeres, en cuyas vidas lo que se juega son su lugar en la sociedad y su misma supervivencia. Estas mujeres son «las otras» las envueltas en el tráfico de drogas.

“Las otras”

Transnacional criminal por la criminalización de alguna de las sustancias psicoactivas, conformada por organizaciones que se crearon ad hoc, como los Carteles colombianos y mexicanos, y organizaciones que se dedican a otros ilícitos que montaron redes específicas que superan fronteras, el narcotráfico se ha instalado en el país sin que en realidad se haya investigado las estructuras que se dedican a este negocio que reditúa a nivel mundial alrededor de casi un millón de millones de dólares al año.

En Argentina caen presos entre hombres y mujeres los consumidores que venden y los eslabones débiles de esta cadena productivo-comercial. Dentro de esta red son cada vez más las mujeres que participan.

Difícil encontrarlas en los altos niveles, ocupan mayoritariamente los lugares menos redituables y los más expuestos a los rigores de la ley, una ley que tipifica un delito que se ha convertido en la primera causa de arresto de las mujeres: la Ley 23.737 de estupefacientes.

La mayoría está por tenencia para comercio, pocas otras por tráfico. Son las expendedoras, las punteras, las «mulas». Pertenecen a redes, esas redes de las que desconocen la extensión y la importancia, pero que son las bases del negocio ilícito de las drogas donde confluyen en una articulación poco explorada, políticos, policías y bandas nacionales o mixtas; políticos de alto y mediano vuelo que facilitan el lavado, cierran los ojos o participan del tráfico favoreciendo el ingreso de los cargamentos por tierra o por aire, sobre todo en las provincias fronterizas o interviniendo y echando a perder operativos de entrega vigilada; sectores policiales que vigilan, consienten o manejan el pequeño comercio, bandas que hacen el trabajo sucio: transporte y comercialización.

esposadaSon mujeres trabajadoras que perdieron su trabajo o tenían un trabajo de miseria. Consideradas descartables por los narcotraficantes que las entregan y por un sistema policial corrupto, consideran su actividad como algo que les permite sobrevivir, mantener familias, ya que la mayoría son jefas de hogar cuyos maridos no existen, se desentienden, o quedaron en el desempleo y por lo mismo sin función social sobre la cual han construido su dignidad de personas.

Son mujeres que han asumido todos los roles y todos de responsabilidad ante la familia, ante la sociedad, ante el mismo circuito delictivo en que se encuentran inmersas.

Son víctimas y símbolos de la degradación de la sociedad por parte de poderes excluyentes, víctimas también de la anomia social que rompe lazos solidarios y que hecha por el suelo escalas de valores, donde nadie vale, nada vale y por ende todo vale.

Purgan condenas desmesuradas, mientras el narcotráfico sigue impune. La falta de oportunidad hará que muchas de ellas vuelvan al «negocio» una vez fuera de la cárcel. Mucha se sienten usadas, muchas saben que las quisieron entregar para cubrir a otra gente, todas tenían las certezas de que nadie iba en su socorro.

La mayoría son vulnerables y la vulnerabilidad son los hijos, cuya vida sienten que puede peligrar. Y paradojalmente es, en la mayoría de los casos, por los hijos, para que tengan una vida mejor, que se insertan en el circuito.

Algunas consideraciones

Entre las mujeres relacionadas con el poder y las otras hay un abismo. Mientras las unas utilizan al Estado, las otras se sienten abandonadas por el Estado.

En los primeros casos donde la vinculación con el crimen organizado pasa por pertenecer a las redes en tanto que mujeres relacionadas con los hombres que las conforman o por mantener afinidades de intereses con las redes mismas, es evidente que lo que estas mujeres comparten es la visión misma del poder, un poder que en Argentina permite la institucionalidad de la ilegalidad, y el enquistamiento en los ámbitos políticos de intereses ajenos a los que deberían estar representando. No todos esos intereses por supuesto son ilegales o criminales, sin embargo la corrupción imperante acompañada de la impunidad hace que los otros intereses, los del capital legal, de las empresas y grupos financieros aprovechen de esta situación, para llevar a buen términos sus designios. La libre competencia que regula el mercado según los economistas neoliberales, deja el paso a los mecanismos fraudulentos para obtener licitaciones y contratos ventajosos.

Los ejemplos en Argentina no faltan, es más, todo parece indicar que los mecanismos que se supone son del reino de lo ilegal, son utilizados por las empresas legales, que si por un lado se quejan de esta situación y de los costos que la corrupción representa, por el otro lado se ven de alguna forma favorecidas. Intereses legales e ilegales entran a entremezclarse en una red única donde el poder se convierte en el núcleo centralizador, receptor y copartícipe.

La pregunta que cabe, por lo tanto es, si no existe en el fondo un hilo conductor entre los dos sectores, lo ilegal y o legal, donde se van desibujando fronteras, situación determinada por un capitalismo sin límites y sin controles, que por ello mismo se convierte en capitalismo abierto a lo criminal y a lo ilegal.

En esta lógica el poder es poder de dominio, donde los intereses personales prevalecen y se asocian ente ellos formando redes de complicidad. Dentro de ellas no existe casi espacio para una lógica distinta y aunque no todos los altos funcionarios participen de los negociados, por lo menos los toleran o toleran que sus pares los hagan.

Las mujeres que se insertan en esta trama son mujeres que los representantes de ese poder eligen por las afinidades que tiene en cuanto el manejo de las funciones públicas. Eso significa que ellas misma son parte de esa lógica donde el poder no es ejercicio de una autoridad, entendiendo por autoridad la suma del saber, la experiencia, la entrega, sino es dominio, un dominio que para perpetuarse adopta medidas de vaciamiento de los órganos estatales de sus funciones primordiales, abriendo espacios para una nueva forma de autoritarismo marcado por la corrupción y la ilegalidad de su accionar.

Y son éstas las mujeres que plantean un gran interrogante, el de la relación entre ellas y el poder y el uso que hacen de éste. Si las vinculamos con la corrupción y el crimen, parecen imitar muy bien o tener los mismos comportamiento que los hombres.

Por lo tanto cuando se pregona la llegada al poder de las mujeres habría que formular otra pregunta más: ¿quién garantiza que una vez llegadas al poder las mujeres sean mejores que los hombres? ¿No será que la lógica del poder, en tanto que lógica de dominio, es única y no importa quién acceda a ella, hombre o mujer? ¿O quizás las mujeres puedan llegar a convertirse en algo peor que los hombres para poder ser aceptadas en este universo masculino que castiga a quienes no están a la altura de las condiciones y en caso de las mujeres las castigan por ser «mujer»?

Lo cual puede plantear a las mujeres el desafío de encontrar formas distintas de ejercer autoridad. Una autoridad reconocida y basada en las cualidades y por lo tanto lejana del autoritarismo y que reemplace al concepto tradicional de poder como dominio, para que no se conviertan en lo que aborrecen por estar mayoritariamente del otro lado, del lado de las víctimas del poder, lado donde parecen en definitiva ubicarse «las otras».

Estas, a pesar de que la justicia las considera victimarias, en realidad parecen ser un producto más de situaciones límites que la sociedad argentina está padeciendo en época de crisis marcada por el debilitamiento del Estado y sus distorsiones.

El Estado en retirada desde hace años en el campo de lo social prepara el terreno para un fenómeno que es la «migración hacia la ilegalidad».

Si antes en Argentina la migración se daba desde los lugares más pobres del territorio hacia los polos de desarrollo, hoy en día, aunque esta migración siga existiendo, se produce otro fenómeno que es el corrimiento desde los espacios en sentido metafórico de trabajo estable o legal hacia los espacios de los trabajos informales y dentro de los informales a los ilegales y dentro de los ilegales a los ilícitos.

Las mujeres que cada vez más asumen roles activos impulsadas no solamente por una toma de conciencia, sino por una necesidad económica, se ven desplazadas hacia esos espacios.

Aquí, donde no hay cobertura estatal, no hay subsidios, salvo algunos «Planes Trabajar» antes y «Jefes y Jefas de Hogar» en la actualidad, repartidos en su mayoría de acuerdo a lógicas no muy transparentes, con una mensualidad que no cubre las necesidades mínimas y que además no tienen continuidad en el tiempo, hacen su aparición las organizaciones criminales que empiezan a llenar ese vacío que el Estado y la sociedad no pueden o no quieren llenar.

Son esas organizaciones las que les dan trabajo, son esas que las reclutan por ser cumplidoras, por ser más frágiles porque asumen la responsabilidad de sus hogares, cosas que el hombre en medio de un quiebre cada vez más profundo de su función social, no asume.

Son las más expuestas por la escala de valores que asumen, antes las cuales se relegan, arriesgan, se forman caparazones, defensas que les permiten operar en lo ilícito y de alguna forma justificarse ante ellas mismas en una mezcla de viejas estructuras patriarcales en la que las mujeres se postergan permanentemente en función de la familia, el compañero y nuevas estructuras sociales que ven a las mujeres cada vez más insertadas a través del estudio y del trabajo en la trama social activa.

Por supuesto que dentro de las que se dedican al narcotráfico existen las que por codicia, para mantener su estatus, participan en el tráfico y representan quizás ese quiebre de los valores donde lo comunitario, lo solidario ya no existen. Existen sólo las formas individuales de salida para solucionar los problemas, no importa lo que le pase al otro, algo que todas estas mujeres las que por necesidad y las que por codicia, sientes y saben y sufren también en carne propia.

En Conclusión

Todas, victimarias, víctimas o supuestas víctimas se insertan dentro de una visión en definitiva patriarcal y machista. Las unas replicando esquemas de funcionamiento, las otras asumiendo roles secundarios de alta exposición y riesgo en una sumisión a modelos comportamentales donde lo nuevo se junta con lo viejo, a las relaciones con el poder y valores, contravalores o ausencia de valores con los que la sociedad argentina se enfrenta y al mismo tiempo se mira como en un espejo.