El Rol de las Mujeres en el Crimen Organizado

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“Cuando la mujer delinque y lo hace con un hombre, nos fijamos en el hombre, porque pensamos que fue él el instigador”. “Quizás esto se debe a una visión patriarcal que nos impide ver a la mujer en este rol que consideramos propiamente masculino”. “No sé de estudios sobre mujeres delincuentes en Argentina.

El crimen es cosa de hombres. A ustedes les dejamos el papel de víctimas”. Son frases de un fiscal y de un juez, muy esclarecedoras de un panorama, que tiene por supuesto sus razones de ser.

La noción de criminalidad femenina pasa en Argentina por los delitos de infanticidio, aborto y casos de homicidio, casi siempre, se señala, debidos a una historia de violencia sufrida por parte de la mujer que de víctima se convierte en victimaria.

Son delitos que se relacionan con el ámbito familiar a los que se añaden aquellos vinculados con su papel de ama de casa, sean delitos o infracciones como los pequeños robos en los comercios o la entrega de cheques sin fondos, para pasar a la infracción por excelencia relacionada a su “ser femenino”, la prostitución.

Sin embargo hubo cambios, cambios en la sociedad, cambios en la economía, cambios en el rol de mujer en general, cambio en sus formas de transgredir y de delinquir. La mujer salió a la calle con una preparación y un nivel educativo que no sólo alcanzó el de los hombres, sino que lo superó.

Su participación en la PEA llegó a rondar el 40% en Buenos Aires, pero sus trabajos sufrieron los embates de otros cambios más que empezaron a manifestarse a mediados de la década de los 90, cuando se inició la devastadora crisis actual.

A partir de esa época fue un “crescendo” en los despidos, en la flexibilización en el trabajo, en el retroceso de los derechos adquiridos. Cierre de fábricas, caída de producción estrepitosa y un índice de desempleo que trepó a más del 20% en el 2002.

Y aumentó la violencia, la inseguridad, los robos, los daños dolosos a personas y aumentó la población carcelaria, no sólo masculina, sino también femenina.

A pesar del crecimiento del delito en las mujeres, sigue existiendo en el sistema judicial y en las fuerzas de seguridad, entre jueces y policías la percepción tradicional de la mujer débil, cómplice, instigada, ignorante, sin conciencia de la gravedad de los delitos que se le imputan, visión que no siempre responde a la realidad de los hechos.

Las estadísticas hablan de robo y homicidio, pero sobre todo de violación a la Ley de Estupefacientes, cuyo texto da lugar a discreccionalidades y arbitrios que terminan penalizando sin explicitarlo a consumidores y a los eslabones débiles de las redes narcotraficantes, los que reciben las migajas del negocio.

La mayoría de los delitos tiene matrices individuales o son llevados a cabo por pequeñas bandas mixtas, que dibujan un mapa de la criminalidad femenina y no sólo femenina, fragmentado, excluyente de otro tipo de criminalidad, el de “cuello blanco”, el que tiene ramificaciones internacionales, el que desvela a los gobiernos y a las Naciones Unidas, el con estructura y códigos específicos, el que cuenta con una base social, el que tiene conexiones con el poder, el que infiltra economías, tramas sociales y estructuras estatales: el llamado “crimen organizado”, estructuras de hombres para hombres en el imaginario colectivo.

Un imaginario que tuvo que empezar a rever sus creencias, ya que algo cambió en la realidad de los hechos y algo más cambió en la lectura de esos hechos. En países como Italia, por ejemplo, donde el crimen organizado lleva el nombre de Mafia, Camorra, ´drangheta, Sacra corona unita, se ha descubierto que las mujeres a quienes se les atribuía funciones de esposas, madres o amantes y con la única tarea de transmisora de códigos y “valores” de tipo mafioso, tenía en realidad un papel mucho más activo, hasta de jefatura en algunas de estas “familias” aprovechando la mirada patriarcal de jueces y magistrados que no podían ni siquiera considerar la posibilidad de que las mujeres fueran sujetos activos en actividades delincuenciales.

El hecho de que las mujeres desde su invisibilidad se hicieran más visible y de que los números de la delincuencia femenina siguen en ascenso, determinó, desde distintos ámbitos la necesidad de explorar un terreno realmente desconocido, el de las mujeres de alguna forma insertas en el crimen organizado y develar cuáles son sus roles desempeñados en las organizaciones criminales que pertenecen a la categoría de crimen organizado.

Empezaron a surgir estudios como el que originó esta ponencia, que desde un comienzo en Argentina tuvo que superar una serie de dificultades ya que la problemática en sí es un verdadero desafío donde entran en juego conceptos y fenómenos todavía no establecidos, como el de del crimen organizado en su doble acepción, la de su ser y la de su existir, y el del involucramiento de las mujeres en él.

Investigaciones en Argentina sobre el crimen organizado que demuestren fehacientemente su existencia o su presencia y por ende sus características, no existen. Es más, la misma categoría teórica utilizada se encuentra en el centro de un debate entre juristas y criminólogos donde su validez y aplicabilidad son seriamente cuestionados.

Esta situación da lugar a las más diversas interpretaciones de los hechos criminales. Hay quienes opinan que todo crimen cometido por más de una persona es un crimen organizado.

Otros afirman que crimen organizado no es otra cosa que una asociación ilícita. Otros niegan su existencia aquí en Argentina, mientras juristas de renombre cuestionan la legitimidad del concepto en sí y muestran las dificultades en su aplicación. Otros más están realizando estudios en busca de la elaboración de un modelo teórico que permita identificar conceptualmente al crimen organizado, tutelando al mismo tiempo esas libertades y derechos que este modelo podría poner en peligro mediante su aplicación.

Ante semajenate obstáculo el único abordaje posible fue enfocar los fenómenos delincuenciales que de alguna manera podrían estar relacionados con un encuadre específico de la llamada delincuencia organizada, tomando en consideración no solamente la tipología de los delitos cometidos, sino las características de la organización que los comete, la base social que la sustenta o sus relaciones con el poder.

La mafia en Argentina

Existió en la historia argentina una organización mafiosa que representa un antecedente que bien encaja en el concepto de crimen organizado que maneja la criminología italiana. Esta organización que fue una derivación de la Mafia siciliana, tuvo protagonismo en los años 30, sobre todo en Rosario, donde imperaba Chicho Grande cuya posición de capo le fue disputada por otro personaje, Chicho Chico de métodos más gangsteriles. Errores estratégicos llevaron a la declinación del fenómeno y su desaparición. De esa época sólo queda el recuerdo de estos dos hombres y de una mujer, Agata Galiffi, la Gata, hija de Chicho Grande que encabezó una banda con conexiones internacionales. La Gata, la Flor de la Mafia, mujer cruel y despiadada o víctima inocente de la perversidad de los hombres, pasó a la historia con todos los clichés que esa época logró elaborar alrededor de una mujer cuya transgresión superaba los límites impuestos por una sociedad y que por eso mismo se convirtió en mito.

Después de la caída de la Mafia, se abrió un vacío, que se fue llenando en estos últimos años cuando aparecieron filiaciones de las tríadas chinas, organizaciones delictivas dentro de las Fuerzas de Seguridad Interna, algunos fenómenos específicos que proyectan una sombra bien oscura de sospechas sobre el mismo Estado y la presencia de redes narcotraficantes.

Las vinculaciones de las mujeres con las grandes redes delincuenciales pasa por estos últimos fenómenos, el uno relacionado con el ejercicio del poder, el otro ilegal por decreto internacional.

La matriz delictiva del Estado

En Argentina existe una matriz delictiva del Estado que deriva de su historia y que permitió la formación de una concepción del Estado muy distante de lo que debería ser su esencia.

El Estado no es el resultado histórico de una forma de representación de la sociedad en su conjunto y sus intereses, sino que el Estado es “algo propio”, algo que se puede utilizar para fines personales.

Esta conceptualización está a la raíz misma de la formación en algunas provincias del interior del país de verdaderos feudos con familia convertidas en dinastías enquistadas en el poder.

Un poder estratégicamente manejado a través del clientelismo, las prebendas y el intercambio de favores con el gobierno central en una especie de toma y daca, que permite la perpetuación de aquellos que los detentan mediante redes de complicidades de rasgos mafiosos en pos de intereses particulares donde al afán del poder por el poder se suman el enriquecimiento ilícito y no muy pocas veces, los negocios ilegales y criminales como por ejemplo el tráfico de drogas, gracias a la corrupción que el mismo modelo genera.

Estos fenómenos con características algo distintas pero magnificadas se trasladaron en los años Noventa al poder central, aunque sus primeras manifestaciones se pueden encontrar durante los años del gobierno de Estela Martínez de Perón, entre 1974-1976, y durante la última dictadura militar, desde 1976 a 1983.

La cantidad, la magnitud y las evidencias de estos fenómenos han llevado a plantear la existencia de un Estado mafioso, hipótesis ésta todavía imposible de comprobar. Sólo si se pudiera demostrar que a pesar de los cambios de gobierno esas estructuras ilícitas se mantienen dentro del Estado, entonces habría más de una razón para hablar de un Estado mafioso.

Si esta continuidad no existiera, sólo se podría hablar de asociaciones que por su conductas, sus códigos, sus “cadáveres excelentes”, parecieran tener características de crimen organizado, y que utilizaron al Estado para sus ilícitos, sin que por ello el Estado mismo se haya convertido en mafioso.

Y es sobre todo dentro de esta lógica de manejo del Estado como algo propio, que se ha detectado la inserción de las mujeres con roles específicos. Son las “mujeres con poder” y “las mujeres del poder”.

Las mujeres con poder

En su mayoría pertenecen a los aparatos partidarios. Son mujeres de la política, íntimamente relacionadas con el poder y que usan el poder para sus propios fines.

Ocupan u ocuparon altos cargos, puestos de responsabilidad en el gobierno o representan grupos financieros que se han beneficiados por esas medidas económicas, muchas veces aplicadas fraudulentamente que beneficiaron a pocos y empobrecieron a muchos, que avalaron la rapiña y el saqueo del Estado.

Son mujeres políticas que ascendieron por voluntad, por conocimiento de las intrigas del poder, por proceder de familias que ocuparon desde siempre el escenario político argentino.

O son las descendientes de familias de gran fortuna, de la alta burguesía terrateniente o empresarial, que pertenecen a ese grupo restringido, entre transnacionales, familias y sociedades que son los dueños del país.

Las primeras aparecieron en la época de los Noventa. Fueron ministras o cabezas visibles de importantes organismos, las más conocidas y odiadas.

Se dedicaron a vaciar el Estado, a colocar a sus amigos, protegidos y fieles seguidores en puestos de responsabilidad o convirtiéndolos en testaferros de fortunas que no tenían en el momento de acceder a sus respectivo cargos o convirtiéndose ellas mismas en testaferros. Inmunes a las críticas, seguras de su poder y de la impunidad que ese mismo poder les garantiza son acusadas de desfalcos, de haber recibido coimas, de no haber cumplido con sus deberes de funcionarias, de haber permitido el saqueo de las dependencias de las que fueron responsables.

Hicieron un uso del poder siguiendo patrones masculinos que no las diferencian de otros tantos funcionarios corruptos. No participaron de los grandes negociados ilícitos como el de las drogas o de las armas, pero aprovecharon el estado de corrupción existente para conseguir sus objetivos.

Ocuparon lugares de primera y segunda línea. Son dueñas de fortunas, tiene cuentas bancarias en el exterior. Algunas de ellas acosadas por la justicia confían en esa justicia que el gobierno de turno reformó a su imagen y semejanza.

La opinión pública las escracha, la prensa las atacas, pero su condición de mujer no parece agravar las críticas. Es como si hubiesen perdido su identidad de mujer y hayan entrado a ser parte de un mundo cada vez más rechazado por los argentinos, el mundo de los políticos, considerado hoy en día el mundo de los corruptos, de los que robaron, de los que van a seguir robando, de los que hicieron componenda con el poder financiero y que nunca se pusieron a pensar y a gobernar para los ciudadanos.

Son mujeres que en su mayoría no han apelado a las “armas femeninas” para acceder al poder. Conocen el poder, son personas que saben cultivar las relaciones y el poder se ha servido de ellas para el mantenimiento de sus negocios, comprando “omertà” a cambio de libertad de acción e impunidad.

¿Son estas mujeres integrantes de una organización criminal? ¿Se las puede considerar como tales? La respuesta no es fácil, porque se podría caer en el error de considerar la corrupción en sí como delito atribuible al crimen organizado.

La respuesta de alguna forma depende de otra respuesta planteada con respecto al Estado que es la siguiente: ¿existe o no un Estado mafioso en Argentina? Si existe, estas mujeres aprovecharon de esas estructuras y de los negocios que se hacían amparados en ellas y por lo tanto aunque de forma periférica, adoptaron y son parte de un modelo delincuencial y estructural de gobernar.