Ecosistema Urbano

0
437

Una noche todavía fría de la última primavera en Buenos Aires, salimos de un espectáculo en el Luna Park con amigos, dispuestos a comer algo antes de volver a casa.

El primer destino elegido estaba ahí nomás: El Dorá, un restaurante tradicional de la zona, concurrido ahora, se ve, más que en otras épocas y en gran parte por turistas que nos visitan aprovechando el cambio a su favor. Resultó que todas las mesas estaban ocupadas. Caminamos por la recova del Bajo mientras decidíamos adónde ir.

Y bien, esa noche en la recova del Bajo los cartoneros, especializados éstos, profesionalizados, con guantes para no cortarse, para no infectarse, revolvían bolsas con una provisión enorme de papeles desechados por las oficinas de la zona. No había chicos, ni mujeres, ningún grupo familiar en un emprendimiento de supervivencia, sino sólo hombres que trabajaban. Todos tuvimos la impresión de que nos mantenían salvo de la amenaza de los rateros. Quizá no fuera cierto, pero así nos lo pareció.

Unos días después, la secretaria de un alto funcionario del gobierno nacional que muchas veces, casi todos los días, sale muy tarde de trabajar y que camina unas cuadras para tomar el colectivo también en la recova, aunque un poco más al sur, decía en una charla que compartía la impresión que habíamos tenido con aquella gente buscando un lugar para comer. A ella también le da cierta seguridad el movimiento de los cartoneros en la noche. Así, de golpe, aquella presencia urbana había dejado de ser ominosa para entrar en el terreno de lo familiar.

Pero tuve todavía otra sorpresa. Una tarde tomé Corrientes hacia el río a la hora en que los negocios del Once ya cerraron o están cerrando, a la hora en que los despojos de la actividad comercial solían estar ya en la calle: cajas vacías, papeles, rollos largos de cartón sobre los cuales arman las piezas de tela de las sederías, pilas de desperdicios que, hemos recordado todos súbitamente, son reciclables y que, hemos aprendido todos, tienen un valor de plaza y que, nos hemos desayunado todos, participan de un mercado del que no sabíamos nada hasta hace poco. Bueno, Corrientes llena de basura a esa hora desde hacía años estaba limpia esa tarde y otras tardes en las que pasé por allí luego. Los cartoneros, otra vez.

En esta nueva ciudad, donde la solidaridad y la caridad se confunden, donde el paternalismo de los bienpensantes sobre cómo se hace el bien a los demás que todavía no han aprendido a pensar y el asistencialismo clientelista se mezclan en una fúnebre algarabía en la que creemos ver signos de recuperación del entramado social dramáticamente destruido, hay muchos nuevos fenómenos.

En cualquier cuadra un poco transitada puede aparecer en algún momento algún tipo con un trapo en la mano –una franela limpia en el mejor de los casos– haciendo señas para mostrar un lugar libre para estacionar. Estos guardianes no forman parte de esas mafias que tal vez sigan controlando extorsivamente el estacionamiento en zonas y momentos de gran concentración. Éstos, que aparecen de repente, cumplen una función útil y parecen ser efectivos en lo suyo. Crean además, en ciertos rincones de la ciudad, “zonas liberadas” para el estacionamiento en áreas en las que está prohibido. Habilitan cien o doscientos metros de cordón pintado de amarillo y prometen vaya tranquilo que yo se lo cuido. No solo de los chorros sino de las grúas y de los policías que hacen multas, está implícito.

Solía yo rehusar todas estas ofertas. No me parecían simpáticas y no me gustaba prestarme a la contravención asistida. Pero y, sobre todo, me negaba porque dejaba el auto en estacionamientos pagos, preferentemente cubiertos, preferentemente con cocheras fijas. Ahora acepto. El estacionamiento está caro o los ingresos baratos.

Me digo que estos cuidadores golondrina, como los chicos a los que algunas veces dejo me limpien los vidrios porque ya no lavo el auto tan seguido, como algunos vendedores de tenderete y otros personajes forman parte de un nuevo ecosistema urbano en el que probamos nuevas costumbres y tratamos de adaptarnos a un hábitat que todavía nos resulta exótico y en el que, como especie ciudadana, estamos obligados a evolucionar para no extinguirnos.

VíaNora Paéz
Compartir
La Arquitecta Silvia Chauvin es editora de Mujeres de Empresa, escribe sobre temas de tecnología y redes sociales.