Con Cuidado Pero Sin Prejuicios: Una Nota Sobre la Amabilidad Turca

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Nos dijeron que, desde Londres, podríamos conseguir buenas ofertas para viajar a Turquía. Paquetes muy económicos, sin duda. Así que hacia allí partimos en pos de la aventura… y de la pichincha! Un detalle se nos escapó: las promociones son para el verano europeo…. y nosotras llegamos en pleno enero….

Con el optimismo como estandarte y el “todo tiene solución” como lema, partimos rumbo a la embajada turca en Londres. Nos recibieron muy bien, nos dieron todo tipo de explicaciones y nos alentaron en nuestro proyecto. Por supuesto que, incrédulas, pensamos “Hummn, cortesía de funcionario, veamos la realidad”.

Llegamos a Estambul un miércoles por la noche, tarde…. muy tarde. El hall del aeropuerto quedó rápidamente vacío. Seguramente no viajaban muchos turistas y, sin duda, todos tenían claro cómo salir de allí. Por supuesto, no era nuestro caso.

Quedamos solas. Peor aún, quedamos prácticamente solas. Varios hombres se acercaron a socorrernos. Dos mujeres solas, con jeans, sin pañuelo en la cabeza… debíamos ser como un semáforo. Con todo tipo de señas ofrecieron brindarnos ayuda… y, seguramente, vendernos servicios…. y sabrá Dios qué más.

No se veían carritos por ningún lado, así que allí estábamos, agazapadas detrás de nuestro equipaje, tratando de no perder de vista nuestras pertenencias, oteando el horizonte, como náufragas aferrados al madero, en busca de alguna señal salvadora. Finalmente, con emoción, vimos el humo de un barco…. perdón… la oficina de informaciones, lo que, a esa altura, era más o menos lo mismo.

Nos recibió un señor muy amable, que hablaba un inglés mil veces mejor que el nuestro. Muy sonriente nos preguntó por qué no nos habíamos permitido ser recibidas en su tierra como dos damas lo merecían. “¿Cómo se decía ‘pichincha’ en inglés? Mejor lo dejamos ahí, a ver si todavía entiende cualquier cosa”, pensamos al mismo tiempo.

Volviendo al caballero, nos recomendó ubicarnos en la parte antigua de la ciudad, nos mostró fotografías de los hoteles para que pudiésemos elegir y, finalmente, hizo las reservas por teléfono hablando en turco (¿qué esperábamos?). Ante nuestra cara de pavura, nos pasó la comunicación para que verificásemos (en inglés, por supuesto) qué tipo de contratación estaba realizando para nosotras.

Terminada la transacción telefónica, llamó un taxi, le entrego un papel al chofer con las señas necesarias. Seguramente la cara de pavura no se nos había ido, porque inmediatamente nos explicó cuánto duraría el viaje y que no debíamos pagar nada ya que era un sistema contrareembolso.

El hotel se hacía cargo de la cuenta contra entrega de las pasajeras.

¿Conclusión? Ser cuidadoso es bueno, ser prejuicioso, no lo es tanto.