Pero, ¿qué es el cine anti-bélico? Antes de seguir es bueno hacerse preguntas como esta, ya que a veces los límites son confusos y hasta engañosos. Por ejemplo: ¿son anti-bélicos los lamentos de Robert Taylor por la muerte de sus compañeros en Las selvas de Bataan (1943)? Obviamente que no. En este, como en otros filmes realizados durante la Segunda Guerra Mundial, los comentarios sobre las pérdidas de vidas humanas no hacen otra cosa que resaltar el valor de la muerte heroica, de la muerte por la patria y sus valores.
Entonces, el anti-belicismo no pasa por mostrar la caída de hombres en combate. Su fuerza reside en mostrar con toda su crueldad, dramatismo y locura, las escenas de la guerra. El eje del cine anti-bélico es la desmitificación. Ya no hay héroes ni ámbitos para que éstos realicen sus "hazañas". Hay manejos ideológicos y políticos, corrupción y muertes inútiles. En el anti-belicismo persiste la idea de unir todas las guerras en una y mostrarlas como una sucesión de irracionalidad y de destrucciones absurdas. Por eso parecen tan atemporales las actitudes demagógicas del general norteño de Alma de valientes (The Red Badge of Courage, 1951), de John Huston. O surge como una verdad evidente e irrefutable la frase que el personaje de Robert Mitchum lanza en Roma, durante el triunfal desfile aliado de La batalla por Anzio (Anzio, 1967) de Edward Dmytryk: "Hace dos mil años que ocurre lo mismo, sólo cambian los uniformes y los armamentos".
Así, en esta interpretación del cine anti-bélico, tanto Sin novedad en el frente como La patrulla infernal hablan también del ejército norteamericano y de las guerras en las que intervino, porque estas películas no tratan sobre una guerra o un ejército, sino sobre la Guerra y los Ejércitos en general. Claro que esto pasó inadvertido para los militares norteamericanos.

Si bien los conflictos bélicos en los que participaron
los Estados Unidos luego de la Segunda Guerra Mundial se fueron alejando
hacia lugares cada vez más exóticos como Corea o Vietnam, la
mejora de los medios de comunicación hizo que estas nuevas guerras
fueran apreciadas como "más cercanas" por los ciudadanos norteamericanos,
en especial, por la creciente importancia que la televisión tomaba
en los hogares.
Esto explicaría el porqué de la progresiva desmitificación
de los soldados y oficiales norteamericanos. A comienzos de los cincuenta ya
se puede percibir un viraje en algunas películas sobre la Segunda Guerra
Mundial. En el irreal y casi paradisíaco campo de prisioneros alemán
de Infierno 17 (Stalag 17, 1953), de Billy Wilder, aparece la figura de
Sefton (William Holden), un oficial de la fuerza aérea norteamericana
que no duda en comerciar con sus captores para hacer más llevadera su
vida. Es llamativo, pero no fue la única vez en que Holden interpretó a
un norteamericano que está en la guerra muy a pesar suyo. En El puente
sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957) también
sería un oficial que hace todo lo posible para escapar de la loca aventura
bélica.
La imagen dogmática y ortodoxa del militar norteamericano también se resquebraja en Ataque (Attack, 1956), de Robert Aldrich, con oficiales minados por la corrupción y la cobardía. El estreno de este filme fue muy polémico debido a cómo maltrataba a la oficialidad.
No es casual entonces, en la evolución del cine bélico en los Estados Unidos, que desde comienzos de los sesenta buena parte de las películas referidas a las intervenciones norteamericanas, se hagan más "realistas", y esto se relaciona con las imágenes que los televisores emitían sobre la guerra de Vietnam. Ya no podía creerse en paraísos bélicos. Aunque distante en el mapa, con Vietnam la guerra estuvo más cerca que nunca y con ella toda su triste realidad. El espacio y el tiempo que daban consistencia al mito del héroe perdieron posiciones en la vida real y, por lo tanto, también en el cine, el lugar donde las leyendas se cristalizaban.
Las
películas anti-bélicas sobre la Segunda Guerra
Mundial y sobre Corea, que se rodaban por aquel entonces, también
hablaban de Vietnam. Un ejemplo de esto podría se Playa
roja (Beach Red, 1967), de Cornel Wilde, donde al decir de
supropio director "el verdadero villano de la película
es la guerra" y no los japoneses. Algo parecido sucede en la
citada La batalla por Anzio, donde también aparecen las
consecuencias fatales de las ineptas conducciones militares.
A partir de Vietnam nada volvió a ser igual en los Estados Unidos. Las
películas que resaltaban el heroísmo y que durante mucho tiempo
habían casi monopolizado el cine bélico norteamericano, quedaron "mal
paradas" luego de la intervención en Indochina. Por esto Los boinas
verdes (The Green Berets, 1968), de John Wayne y Ray Kellogg, que pretendía
justificar la guerra, quedó un tanto descolocada y hasta parecía
fuera de lugar y momento. De esta forma, el quiebre que Vietnam significó en
la cultura norteamericana abrió mayores espacios de expresión para
las posiciones ymanifestaciones pacifistas, que a partir de esta época
encontraron un espacio definido en el cine, alejado de la tierra de los mitos
y los héroes militares.
Nota: Las relaciones entre Hollywood y el gobierno norteamericano fueron siempre muy complejas. Asimismo, el entramado de la censura en el cine estadounidense también fue complicado. Por ejemplo, a las restricciones de la censura implementadas por el código Hays --un reglamento de reconvenciones morales impuesto a instancias de los propios productores de Hollywood-- se sumó durante la Segunda Guerra Mundial la acción de la Office of War Information (O.W.I.) que se encargaba de "sugerir" la orientación que debían tener las películas sobre el conflicto bélico.
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