Sostiene Alberto Zum Felde que quienes
tomaran a la poeta uruguaya Delmira Agustini por una poetisa erótica,
simplemente erótica, cometerían un grosero error. Nadie puede
dudar que en los versos de Delmira hay un profundo erotismo, un erotismo
semejante al que un esperanzado D.H. Lawrence apostó en sus novelas,
pero aún más profundo, un Eros que trasciende la carne pero
también la comprende.
Rara vez podemos identificar en los poemas de Delmira un hombre, un rostro, una
identidad particular a la que se hallan dirigido. No por esto hemos de creer,
como se dijo en un momento, que le escribía a un amante ideal o a un hombre
hipotético. Hoy, rotas las barreras sociales a las que la crítica
de su época se plegó ante el temor de que se demonizara y luego
se olvidara la figura poética de Delmira Agustini; pública su correspondencia
y en acción todas las fantasías que su poesía y su personalidad
despiertan, sabemos que el hombre de Delmira es real, es de carne, no es un mero
sueño. Sin embargo, hay en él un componente de sueño, la
carne de Delmira es carne onírica, ella, como Orfeo, templa su lira, en
melancólicas noches insomnes, convocando a Eros.
Ella no era una artífice del verso, sino que rendía
culto a la espontaneidad. A su muerte en 1914, asesinada por su marido, contaba
veintiocho años y una obra en verso en la que Los cálices
vacíos es su expresión de mayor madurez estética.
«Y me seduce declarar -dice en una nota de la edición
de 1913- que si mis anteriores libros han sido sinceros y poco meditados,
estos Cálices vacíos, surgidos de un bello momento
hiperestésico, constituyen el mas sincero, el menos meditado.
Y también el más querido».
En plena corriente
modernista, en tiempos de Darío y Herrera
y Reissig, ella tenía mucho de romántica. Su verso en
estado salvaje tiene el descuido propio de esa versificación,
que parece surgida como un torrente incontenible y que no se quiere
contener, y esa es la concepción de su poesía, en absoluto
verso libre.
La rima es el tirano empurpurado
es el estigma del esclavo, el grillo
que acongoja la marcha de la Idea
¡No aleguéis que es de oro! ¡El Pensamiento
no se esclaviza a un vil cascabeleo!
Así como lo dice en su poema «Rebelión», la poesía de Delmira rara vez se somete al dictado de la rima y cuando se somete, carece de naturalidad, tiene una nota forzada, una pomposidad innecesaria. Da la impresión que mas que dominar la poesía, la poesía la domina a ella. Cuando cedía a la tentación de un verso disciplinado, paradójicamente, perdía el dominio de su versificación. «No es extraño -sigue Zum Felde- que en muchas de sus composiciones, al lado de bellezas magníficas de expresión, haya frases de dudoso buen gusto, tras un verso de línea imperial, otro vulgar o confuso; cosas de originalidad sorprendente suelen mezclarse con el uso fácil de trivialidades en boga. De todo se vale igualmente, y sin embargo, su poesía triunfa por sobre todo».
Hay un aspecto en la poesía de Delmira que se discute generación a generación: este es su erotismo. El formidable estudio crítico que Alberto Zum Felde realizara para la edición de sus poesías completas en 1944 expresa opiniones al respecto que difícilmente hoy se puedan compartir. Allí sostiene que no hay «sensualismo» en Delmira, el que «sería intolerable como poesía», pero aclara con visión de futuro «en esta posteridad». Mientras que hoy, esta otra posteridad esta dispuesta a reconocer el sentir sensual de Delmira y ya no hay razones de moral estética para rechazarlo. «El erotismo de los Cálices vacíos es dramático y este dramatismo es lo que lo exime de toda sensualidad», prosigue Felde.
Hoy, esa sensualidad es causa, entre otras, de la vigencia de su poesía y esa audacia una de sus glorias. También sucede que la tragedia de su muerte y su correspondencia en íntima clave, pero no indescifrable, con Rubén Darío, Manuel Ugarte y otros corresponsales, incluido el hombre que había de matarla, llamen más la atención a veces que esos poemas donde el amor tiene tanto de ensueño como de pesadilla y el deseo tiene formas místicas. No siempre se ha reparado en que el misticismo se debe en gran parte a la destreza alegórica que Delmira, por ser mujer en la sociedad que le tocó en suerte, se vio obligada a aprender.
«De todas cuantas mujeres hoy escriben en verso, ninguna ha impresionado mi ánimo como Delmira Agustini, por su alma sin velos y su corazón en flor. Es la primera vez que en lengua castellana aparece un alma femenina en el orgullo de la verdad de su inocencia y de su amor, a no ser Santa Teresa, en su exaltación divina. Si esta niña bella continúa en la lírica revelación de su espíritu, como hasta ahora, va a asombrar a nuestro mundo de habla española. Cambiando la frase de Shakespeare, podría decirse "That is a woman", pues, por ser muy mujer, dice cosas exquisitas que nunca se han dicho. Sean con ella la gloria, el amor y la felicidad»
En cuanto a la alegoría de la que antes hablábamos, no hay mas bello ejemplo que el poema «El cisne»:
Ningunos labios ardieron
como su pico en mis manos
ninguna testa ha caído
tan lánguida en mi regazo
ninguna carne tan viva
he padecido o gozado
viborean en sus venas
filtros dos veces humanos.
Y vive tanto en mis sueños,
y ahonda tanto en mi carne
que a veces pienso si el cisne
con sus dos alas fugaces
sus raros ojos humanos
y el rojo pico quemante
es solo un cisne en mi lago
o es en mi vida un amante
Delmira Agustini manifiesta el misterio del erotismo como tal vez ningún otro poeta, ya sea hombre o mujer, por eso, el halo de ese misterio la rodea y Eros, a quien ella llamaba su padre ciego, se manifiesta en sus versos como una dramática revelación. Pero, en su misterio, ella fue profundamente clara. No es ella misteriosa, sino el amor que ella manifiesta, «el Bien que hace mal».
El amor que ella muestra, despojándolo de velos, es él mismo un velo, desnuda Afrodita, se cubre aún con su desnudez, y la belleza, «una estrella dormida, que os abrasaba enteros y no daba un fulgor», se manifiesta a veces regia y a veces oscura, en una poesía paradójica como el propio Eros, en una mujer que podía escribirle a Dios como si fuese un hombre y a un hombre como si fuese Dios.
Así, como decía Omar Kayyham, «para una pareja de amantes, es lo mismo habitar el Paraíso o el Infierno».
Y así nos deja Delmira Agustini su pasión y su verdad.
Hay manos que nacieron con guantes de caricias
Manos que están colmadas de la flor del deseo
Manos en que se siente un puñal nunca visto
Manos en que se ve un intangible cetro
Pálidas o morenas, voluptuosas o fuertes
En todas, todas ellas, pude engarzar un sueño
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Delmira Agustini