El nombre de Esteban Echeverría surge inmediatamente cuando se nombra el romanticismo en tierra americana, fue como todo romántico participe de la vida política de su país.
ésta es una característica del romántico, ya sea en Argentina, donde Echeverría fue al exilio, ya sea en Cuba, de donde Heredia partió huyendo de la cárcel, ya sea en España, donde Espronceda fue preso, o en Francia, que Victor Hugo dejara para partir a un largo y accidentado destierro.
José Mármol (1817-1871) escribió una novela famosa en su época, pero luego relegada a un papel secundario, cita obligatoria de los libros de texto, pero actualmente no muy estudiada. Amalia es la novela con la que Mármol se ganó el título de «verdugo poético de Rosas». Amalia es considerada hoy de un valor más histórico que literario. Compuso además tres tragedias en verso: El poeta (1841), El cruzado (1851), y una inspirada en Childe Harold de Byron, El peregrino (1847).
Al igual que El matadero, Amalia demuestra el vínculo entre el romanticismo como realidad literaria y la realidad política de los conflictos que sucedieron a los procesos revolucionarios. Y que la literatura, adoptando el modelo romántico, adquirió un papel insoslayable en la historia política latinoamericana. Acá debemos hacer intervenir también a Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), el más político de los escritores, tan político, habiendo llegado a la presidencia argentina, que su faz literaria queda a menudo ensombrecida tras su papel histórico. Pero es Facundo, de los tres principales relatos románticos de la época, el que con más justicia recibe el nombre de clásico.
El crítico y poeta venezolano Rufino Blanco Fombona ha dicho de él: «Como obra exclusivamente literaria, nada más viviente, más feliz que las pinturas de la pampa con sustipos característicos. Son páginas, en su género, clásicas. Pasaran los años, la modalidad de civilización o el aspecto de barbarie que ellas esbozan habrán desaparecido y estas páginas de Sarmiento quedarán en pie». Para el también crítico Arturo Torres-Ríoseco, Facundo es el máximo representante de la escuela romántica argentina, y Sarmiento su máximo apóstol.
Y lo cierto es que el gran debate romántico en Hispanoamérica fue protagonizado por Sarmiento, teniendo por antagonista al poeta y erudito venezolano Andrés Bello (1781-1865), hoy considerado como un prerromántico. Ese debate fue la batalla entre el clasicismo y el romanticismo tan controvertida en Europa y que en Hispanoamérica fue una de las polémicas más apasionantes de la historia de nuestra literatura. Disputa que es inseparable de todo movimiento literario, aunque en este caso la protagonizaran los románticos, porque era el enfrentamiento entre el academicismo y el lenguaje popular.
Andrés Bello era partidario del clasicismo y Sarmiento defensor acérrimo del romanticismo. Bello abogaba por la pureza del habla castellana, por el valor de la cultura española. Sarmiento argumentaba a favor de un concepto del progreso de la cultura, de la libertad de la expresión romántica, de los beneficios de la cultura francesa, llegando a ofender en sus ataques a la española. Bello y sus discípulos escribían para El semanario literario de Santiago, y pugnaban por una academia que legislara el lenguaje; Sarmiento escribía para El Mercurio, y defendía el enriquecimiento del lenguaje en el seno popular y su mestizaje con lenguas y literaturas extranjeras. La disputa se popularizó y en ella Sarmiento hizo todo un manifiesto romántico. La discusión, al extenderse por Hispanoamérica, marcó el triunfo del romanticismo. Bello y sus partidarios claudicaron y empezó en Chile y más allá de sus fronteras, el auténtico movimiento romántico.
También en Ecuador los románticos asumían el
papel de opositores y hacían literatura a la par que política. Juan
Montalvo (1832-1889)
fundó el diario El cosmopolita,
que sería una tribuna del romanticismo, y mediante él
Montalvo combatía al dictador ecuatoriano García Moreno.
Cuando desde el exilio, Montalvo supo del asesinato de García
Moreno, exclamó, tal vez exagerando, pero la exageración
es sin duda un atributo romántico: «Mi pluma lo mató!'.
En literatura se lo considera discípulo de Byron, Hugo y Lamartine.
Era un gran estilista y su obra más asombrosa son los Capítulos
que se le olvidaron a Cervantes, continuación del Quijote de
increíble concepción. También ensayista, escribió
en París los Siete tratados, por los cuales se lo considera
un discípulo de Montaigne.
Pero no todo el romanticismo hispanoamericano es tan virulento ni tan político. Jorge Isaacs (1837-1895), nacido en Colombia, no tiene una biografía que interese particularmente, salvo que ella es, en parte, la materia de su novela María, la cumbre del romanticismo sentimental hispanoamericano y una de las novelas más leídas, tal vez la más leída, de la Hispanoamérica del siglo XIX. Su trama es idílica y su sensibilidad para tratar el amor y la muerte, alrededor de los cuales gira todo el sentimiento romántico, la han hecho sobrevivir como clásico. Tuvo numerosas imitaciones, pero ninguna que no fuera notablemente inferior a ella. Y es la gran novela colombiana del siglo XIX.
«El romanticismo sostiene con frecuencia la primacía de la
intuición y el sentimiento frente a la razón y el análisis,
lo irracional le atrae más que lo racional, lo trágico
más que lo cómico, lo oculto más que lo presente,
lo implícito más que lo explícito, lo sublime
más que lo bello, lo dramático más que lo apacible».
Esta descripción del sentimiento romántico acerca José Ferrater
Mora en su Diccionario de Filosofía. El movimiento
romántico en Hispanoamérica fue europeísta, aunque
eligiendo temas autóctonos, personajes nativos y dándoles
una sabia cuota de color local. Pero esas influencias europeas pronto
se conjugarían con el ser americano para dar lugar a un movimiento
literario cuyo origen es genuinamente hispanoamericano; cuyos grandes
nombres, José Martí, José Asunción
Silva y Rubén Darío, alcanzarían a influenciar
en gran medida a poetas europeos que se consideraron sus discípulos:
el modernismo.
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Rubén Darío