Uno de los grandes héroes románticos europeos es un libertador americano: Simón Bolivar.
El
mismo Bolívar era un romántico, devoto de Rousseau,
con un pensamiento proveniente de la cultura revolucionaria
francesa. Como otros revolucionarios criollos (Francisco
Miranda, Manuel Belgrano), es un intelectual forjado en
el ideal revolucionario francés y, por el papel
que elige de cara a la Historia, es el auténtico
héroe romántico.
El germen romántico de la Nouvelle Heloise de
Juan Jacobo Rousseau halló en Hispanoamérica entusiastas discípulos. Y esto
ocurría cuando aún no había acabado la lucha independentista,
por lo que se puede decir que la América Hispana se agitó en
el romanticismo antes que la misma España. Es un cubano, José María
Heredia (1803-1839), quien compone el primer poema romántico en lengua
española, "En el Teocalli de Cholula", de acuerdo con Arturo
Torres-Ríoseco, poema escrito en 1820, diez años antes de la
aparición de romanticismo en España.
Todo perece
por ley universal.
Aún este mundo
tan bello y tan brillante que habitamos
es el cadáver pálido y deforme
de otro mundo que fue.
Fue la lucha cubana la más larga en las antiguas colonias españolas,
y no fue sino en 1898 que se logró su independencia; entretanto, la intelectualidad
revolucionaria cubana pagó su precio en sangre y exilio. Heredia fue uno
de los desterrados y vagó por América como un émulo de Childe
Harold hasta establecerse en México.
En la Hispanoamérica inmediata a la independencia, todo favorecía al romanticismo: la lucha revolucionaria reciente, la violencia de los primeros caudillos, la libertad y la barbarie, el idealismo y las terribles condiciones sociales que se enfrentaban en el choque en el que se iban los héroes de la revolución para dar paso a una nueva clase gobernante. Las luchas políticas y la anarquía forjaban a los héroes byronianos y el odio a España permanecía. No eran españoles los poetas que inspiraban a estos románticos.
Victor Hugo, Lamartine (ver ilustración a la izq.), Musset, Byron y Walter Scott eran los autores más leídos por los jóvenes intelectuales en Hispanoamérica.
Quien introduce el romanticismo en Argentina es Esteban Echeverría (1805-1851). Eran tiempos de Juan Manuel de Rosas, el Restaurador de las leyes del Río de la Plata, quien impuso un régimen despótico que le atraería numerosos adversarios, entre ellos los más débiles, los intelectuales románticos. Perseguidos, desterrados o muertos, estos jóvenes escritores, débiles en su oposición, son los responsables de la imagen de Rosas que quedó en la leyenda forjada por ellos y sus ecos en el continente europeo: el poema sobre Rosas del inglés John Mansfield y Camila O'Gorman, el drama escrito por Alejandro Dumas (padre). Porque así como Echeverría y otros románticos viajaban a Europa y traían sus aires a nuestras tierras, también los europeos recibían los aires sudamericanos que llevaron a Alejandro Dumas, que nunca viajó a Río de la Plata, a escribir su novela La nueva Troya sobre el sitio de Montevideo.
Esteban Echeverría con sus volúmenes de poesía Elvira o la reina del Plata (1832), Los consuelos (1834) y Rimas (1837), recibió por parte de Dumas el nombre de «Lamartine de las Pampas', y con ese nombre lo presenta en las memorias de Garibaldi, con las que se adentra en la geografía rioplatense. Pero sólo en 1871, a años de su muerte, es que se publica su obra maestra, El matadero. El matadero es un relato en prosa, que fue escrito por Echeverría a toda prisa, a tal punto que el manuscrito original es casi ilegible. Es una sombría historia, la tragedia de un joven unitario apresado por la Mazorca, cuyo escenario es un matadero que simboliza el gobierno de Rosas.

«El romanticismo no reconoce forma ninguna absoluta; todas son buenas con tal que representan viva y característicamente la concepción del artista. En la lírica canta y dramatiza, es heroico, elegíaco, satírico, filosófico, fantástico a la vez, en el drama ríe y llora, se arrastra y se sublima, idealiza y copia la realidad en las profundidades de la conciencia; toca todas las cuerdas del corazón; es lírico, épico, cómico y trágico a un tiempo, y multiforme». Así lo define Echeverría en «Clasicismo y Romanticismo', donde habla de su predilección por Shakespeare, Schiller, Goethe y especialmente por «Byron, que era para mí magnífico en sus versos de Don Juan'.
El romanticismo que Echeverría importó de Francia, sin intervención alguna de España, fue en América un romanticismo americano cuyos caracteres particulares destaca así Ricardo Rojas: «De tono antiespañol, aliado al liberalismo político'
Rubén Darío