Amsterdam en Bicicleta

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Este es el relato de un paseo en bicicleta por Amsterdam, a afines de julio de 1985. Había salido de París, luego de varios días de recorrer Saint Germain, sus cafés y vidrieras, y desde allí el resto de la ciudad.

En Amsterdam me hospedé en el Novohotel, que según mi mapa imaginario, estaba alejado del centro. A los pocos días veo en la playa de entrada un porta bicicletas vacío.

En la recepción me dijeron que todas las bicicletas estaban prestadas no sabían hasta cuando. Como tenía unos días, pedí que me reservaran una.

torre_occidentalMientras tanto visité el Reijmuseum en el que se festejaban los 100 años de su inauguración. Allí pude ver, de Rembrandt, “La Ronda Nocturna”, como se la conoce, aunque resultó no ser tan nocturna cuando le quitaron unas cuantas capas de barniz oscurecido por el tiempo. Me impresionó la expresión mezcla de incertidumbre y sabiduría de un autorretrato de mismo autor, en edad avanzada.

Vi también “Mujer leyendo una carta” de Vermeer, otro pintor que representa la riqueza y potencia del Siglo XVII, llamado Siglo de Oro Holandés, a través de imágenes del interior de las casas, las satinadas telas de los vestidos de las mujeres, mapas del mundo conocido de la época colgados en las paredes, y algún globo terráqueo sobre una mesa, todos signos del fructífero intercambio mercantil de entonces.

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Caminé por la ciudad y también realicé un tour terrestre y otro acuático. Las casas antiguas (del siglo XVII) tienen distintos remates triangulares muy elaborados en sus techos, con frontispicios que indican, por ejemplo, la profesión del dueño que la mandó edificar. Son generalmente construcciones angostas porque en ese entonces los impuestos a pagar se cotizaban según el ancho de la fachada que daba al canal y por lo tanto las viviendas desplegaban en altura lo que no podían horizontalmente. Como curiosidad, hay una casa tan estrecha como el ancho de su puerta de entrada.

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El borde de los canales en Amsterdam es arbolado, con gran cantidad de barcos vivienda de distintos tipos instalados a ambos lados. En alguna barcaza se veía a sus habitantes sentados al sol, cocinando o lavando ropa en su “patio trasero”. Una visita guiada que despertó mi avidez fue la que hice a una fábrica de tallado de diamantes. Amsterdam es un centro muy reconocido en ese rubro.

Hice un paseo por pueblos cercanos saliendo de la oficina de turismo que está ubicada frente a la estación central de ferrocarriles. Recuerdo haber visitado Marken, un pueblo calvinista situado en una isla que actualmente está unida a tierra firme. Sus habitantes visten en general ropa típica bastante severa. Comí un sándwich de anguila ahumada, una obra maestra de la gastronomía, en un puesto callejero de un pueblo portuario llamado Volendam.

También estuve en Edam, conocido por sus fábricas de quesos. Estos pueblos tienen casas del siglo XVII, construidas en madera, calles y puentes adoquinados.

Durante ese paseo descubrí la obra de ingeniería hidráulica más imponente que conozco, que consiste en un dique de 30 Km. (el Afsluitdijk) levantado sobre el Mar del Norte.

Este dique acabó con las inundaciones al convertir al golfo de Zuyder Zee, que soportaba grandes marejadas provenientes del norte, en un inmenso lago (al que llaman desde entonces Ijsselmeer) que gradualmente se fue transformando en dulce, a medida que el agua salada quedaba en desventaja porque recibía el afluente de los ríos.

Esta obra creó nuevos polders, al haber rescatado mas tierras al mar, como lo han venido haciendo los holandeses desde la edad media.

canalLa primera noche que bajé a comer en el hotel que me hospedaba, había un grupo de cubanos de Miami. Una de las mujeres contaba en castellano en voz alta que, en otro tour, cuando habían bajado en Montevideo, se había muerto de frío porque ¡nadie le había dicho que en julio era invierno por esas costas!, e inmediatamente dice: “pero el lugar en el que peor carne comí fue en Argentina”. Me sobresalté a punto de intervenir pero inmediatamente, detrás de mí, una voz masculina acercándose le dice: “pero no mujer, no, eso era en Brasil”.

El paseo en bicicleta

Pero volvamos al tan anunciado paseo en bicicleta. Una mañana, voy a pedir mi cuenta para seguir viaje a Hamburgo porque iría a un Congreso, y me informan que aquella bicicleta blanca me esperaba. Montada en ella lo primero que hice fue rumbear hacia la derecha, porque a varias cuadras me parecía haber visto, al pasar, un molino típico. Ahí estaba, magnífico y holandés, bastante solitario aunque pude encontrar una pareja japonesa para la tradicional foto. Una de las cosas que me había impactado era la abundante vegetación de la zona. Claro, era verano.

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El molino estaba al lado del río Amstel, ¿era el mismo que había visto en el centro?, quizá era un afluente pues el paisaje era completamente distinto. Bordeándolo y yendo en la dirección que suponía era la ciudad quizás llegara a lo conocido. Y ¿si no?…, ¡y si no, pregunto!. Crucé a la otra orilla e inicié mi marcha esta vez hacia la izquierda por una senda angosta de tierra cerca del margen del río. Cada tanto, entre la vegetación, aparecían hermosas casas de dos plantas cuyos fondos o frentes daban al agua. No recuerdo cuándo ese paisaje de las afueras empezó a transformarse en paisaje urbano. La referencia seguía siendo el río. Llegó el momento de sentarme en un café y escribir alguna postal buscando compartir las emociones que experimentaba.

Al poco de retomar mi camino, entre árboles (quizás de una plaza) apareció una fuente, con sonido y tranquilidad de fuente, otra ocasión para quedarme y disfrutar esa frescura.

Pedaleando me encontré con lugares que creía reconocer. Ese edificio ¿no se parece al Reijmuseum?. Si, es, entonces si cruzo el puente, atravieso el museo por debajo. Pero al ir por esa ruta caí bajo el encantamiento de la voz de una soprano rubia que aprovechaba la acústica de los techos abovedados para fascinar a quien pasara. El hechizo se rompió cuando tuvo que parar a descansar. A las pocas cuadras, a la derecha, encontré el Museo Van Gogh con su porta bicicletas invitándome a parar. El recorrido por la obra fue lento, renovando el asombro que despierta la capacidad de trasmitir con tanto colorido su desolación.

Comí en un café dentro del museo y visité el último piso donde en grandes paneles se reproducían los excelentes grabados que había realizado un grabador del siglo XIX llamado Felicien Rops para la primera publicación de “Las flores del mal”. Después me enteré que la obra de Rops era más conocida por haber sido extremadamente transgresora durante la era victoriana.

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Al encontrarme nuevamente en mi bicicleta intenté inútilmente que me indicaran cómo llegar a otro punto que deseaba conocer, que quedaba en la Beethovenstraat. Paré a conductores y transeúntes, a quienes pronuncié de distintas formas y acentuaciones esas palabras: Beethóobenstraat, Bíthofenstraat, Beeethófenstraat, etc. sin poder hacerme entender. Finalmente un muchacho repartidor de diarios por la caja adosada delante de su bicicleta, captó “Beethoven” y amablemente se tomó el trabajo de explicarme que se trataba de un músico muy importante. Le agradecí y, aunque todavía no quería, finalmente emprendí el regreso, del que sólo recuerdo que había refrescado y cada tanto caían algunas gotas de lluvia. Han pasado de esto casi 21 años y revivir esas imágenes sigue despertándome el placer de una experiencia de libertad con mezcla de magia y aventura.