Como el ser humano ha cumplido con su “deber bíblico” de subordinar el mundo, no teme involucrarse en el espacio vital de los gigantes del mar. Los avistajes (precio por ahí: 20 dólares) en pequeñas lanchas que son ofrecidos por seis compañías y que duran entre una y dos horas se realizan todos desde Puerto Pirámide (es el único lugar habilitado por las excursiones turísticas) le brindan al turista una aventura incomparable.
La probabilidad de encontrar a por lo menos tres, cuatro ballenas personalmente está casi garantizada. El enfrentamiento entre seres humanos y el animal sigue un ritual inexplicable ya que no es el barco el que se acerca a la ballena, sino al revés, como si fuera ella la que sale de avistaje para explorar la extraña especie de los seres humanos.
Cuando la lancha apaga sus motores y se deja llevar por las corrientes, el animal empieza a mostrar curiosidad por los barcos llenos de caras tapadas por cámaras fotográficas. Suelen salir a la superficie unas dos, tres veces al acercarse a la lancha. “Como para mostrarles sus dimensiones verdaderas a los turistas en las lanchas les gusta aparecer a unos pocos metros – a veces la distancia es todavía menor. Si no estuviera prohibido (debido a que tiene una piel de grasa ultra-sensitiva) uno tendría ganas de tocar las ballenas”, cuenta Diego, un guía turístico de Puerto Madryn de 25 años en una charla con Mujeres de Empresa durante un avistaje.
“En este momento los turistas ya están impresionados, pero en muchas ocasiones si la ballena está de buen ánimo falta todavía la parte más espectacular. Lo que pasa es que como de golpe desaparece y mucha gente cree que ya está por retirarse, cuando lo que pasa es que está buceando debajo del barco solamente para aparecer de nuevo al otro lado. Cosa que es inexplicable, no se sabe por qué lo hacen, talvez miran a las construcciones humanas como un juguete.” El hecho evidente es que en tal momento los turistas están totalmente fascinados por el baile al mar abierto.

El milagro más sorprendente es el hecho de que “desde que se realizan avistajes en la Patagonia nunca pasó nada, no hubo ningún choque, ningún herido, nada”. Debe ser que las ballenas no son lectoras de diarios apasionados y que no saben como muchos de sus congéneres son tratados por el mismo ser humano que las admira en Puerto Pirámide en varias partes del mundo.
“Sería el momento perfecto para tomar simbólica revancha del hombre que, en su afán de lucro, vierte aguas contaminadas provenientes de las fabricas cercanas y hace sufrir infecciones a las mismas ballenas en Chubut. Un golpe con su enorme cola seria suficiente para hundir una lancha. Pero no lo hacen: son pacifistas verdaderas”, dice un biólogo de un centro de investigación en la península que en su totalidad dispone nada menos que 3.600 kilómetros cuadrados.
Aparte del hombre, no tiene enemigos naturales importantes con la excepción de las orcas. Las que de vez en cuando aparecen en la zona para llevarse a los bebes de las ballenas, atacando a la madre y su cría con velocidades de más de 70 kilómetros por hora.
Aunque el avistaje (el mejor tiempo es durante los meses noviembre y diciembre cuando hay más ejemplares) es la forma mas aventurera de encontrar a las ballenas –fuertemente cuestionada por los biólogos debido al estrés que les pueden causar a los “dueños del mar” -, una alternativa linda y gratis es el Doradillo, a unos 13 kilómetros de la ciudad de Puerto Madryn.
Ahí las ballenas se acercan en grupos a unos pocos metros a la playa. Para fotógrafos, el Doradillo es un lugar muy apto pues no hay que luchar con los movimientos de las embarcaciones y, además se puede acompañar a los gigantes caminando por la arena.
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Markus Leiter
Departamento amoblado en alquiler en Buenos Aires