La hora de los antihéroes

Una aproximación al cine bélico norteamericano en el sonoro

| Adrián Nuoya| 18.Abril.01 |
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Algunos acérrimos críticos del cine norteamericano han recriminado siempre la falta, durante mucho tiempo, de películas anti-bélicas en Hollywood, que retrataran "realmente", lo que pasaba con el mismísimo ejército norteamericano durante los conflictos bélicos en los que participaba.

Como justificación de sus reproches, contraponían los ejemplos de países como Inglaterra, Francia, Italia y la Unión Soviética, donde en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se habían hecho cada vez más habituales las películas que denunciaban el sin sentido de la guerra. Claro que a veces, en la crítica obnubilada, se olvida que cada cinematografía es siempre dependiente de las circunstancias políticas de su país de origen.

Y esta regla vale, incluso, para un mega-imperio como el del Hollywood tradicional, depositario, víctima y victimario de los vaivenes de la política de Washington(1)

Un país lejano

El heroísmo es directamente proporcional a la lejanía, en tiempo y espacio, del lugar donde acontece. Es decir que cuanto más lejos y más atrás en el tiempo está el héroe nacional de su patria, mejor es para acrecentar su imagen y su leyenda. En la cultura del heroísmo, el ámbito que rodea al personaje ejemplar también adquiere altura mítica.

Kirk Douglas en Patrulla Infernal

El ejemplo clásico de esto es la guerra de Troya, desarrollada en los confines del mundo helénico, en un tiempo que por falta de registros históricos fidedignos, se prestaba para cualquier tipo de fabulación. Troya es, entonces, el ámbito ideal para los héroes y ha sobrevivido a través de los siglos, con diversas formas y nombres. En el siglo veinte, las guerras en las que participó Estados Unidos fueron siempre fuera de su territorio. En lugares muy lejanos para los norteamericanos, con lo cual la provisión de héroes y de hazañas estuvo asegurada. Así lo demuestra Sargento York (Sergeant York), de Howard Hawks, rodada en 1941 cuando la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial era cuestión de tiempo.

La visión que la película de Hawks ofrece de los campos de batalla de la Primera Guerra Mundiales la del ámbito ideal para una actuación heroica, digna de cualquier norteamericano que se precie de ser tal. Quien, por su parte, puede aceptar plenamente este tipo de películas si no vivió en carne propia la horrorosa realidad de la guerra. Aquí aparece una de las razones principales por las que el cine anti-bélico se desarrolló más en Europa que en Estados Unidos. Los franceses y los alemanes, para citar a dos pueblos que sufrieron lo peor de la Gran Guerra, no podían ser tan cínicos como para hacer visiones idílicas del conflicto bélico. Sólo el nazismo en Alemania se atrevió a tanto. Pero eso ya es otra historia.

afiche original de la película Sin novedades en el frente

También en Sargento York, cuando el protagonista recibe de su superior un libro de historia norteamericana, aparece el culto de los héroes --intocables para todo buen americano-- y de la guerra como medio para sostener la libertad y defender a la patria. Esta concepción "bélica" de la historia gravitó enormemente en el cine norteamericano durante varias décadas. Podían hacerse películas anti-bélicas con ejércitos de otros países como en el caso de Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, 1930), de Lewis Milestone, sobre la novela de Remarque, y ambientada en la infantería de la Alemania del Kaiser, o el de La patrulla infernal (Paths of Glory, 1957) de Stanley Kubrick, que narraba los injustos fusilamientos de soldados franceses durante la Primera Guerra Mundial. Pero durante mucho tiempo, el cine de Hollywood debió evitar "lastimar" directamente la moral del ejército norteamericano.

Un caso patético

afiche de Sin novedades en el frente

Voluntad no les faltaba a muchos grandes directores norteamericanos, que querían reflejar la realidad de la guerra. Sin embargo, los cercos establecidos por los intereses industriales y políticos, impidieron la libre expresión en este tema. El caso más ejemplar fue el de John Huston. Muy a pesar de sus convicciones anti-bélicas, fue guionista de Sargento York, realizada precisamente para apuntalar el patriotismo ante la inminencia de la guerra.

Pocos años después, cuando fue convocado al frente para colaborar con el esfuerzo bélico a través de la realización de documentales, se quiso dar un gusto --cuando no-- y filmó en 1944 La batalla de San Pietro (The Battle of San Pietro). Los oficiales que vieron la película lo acusaron de hacer propaganda anti-bélica. Casi sin molestarse, Huston les contestó que si alguna vez hacía una película pro-bélica, esperaba que hubiera alguien que lo fusilase por eso. Luego de practicarle algunos cortes, las autoridades militares reservaron La batalla de San Pietro para proyectarla a los soldados que enviaban al frente, como una forma de prepararlos para lo que iban a ver. Tras esta experiencia, las Fuerzas Armadas norteamericanas no escarmentaron y en 1948 volvieron a contratar a Huston para hacer un documental sobre el tratamiento médico que recibían los veteranos de guerra.

El filme se llamó Que haya luz (Let There Be Light) y se convirtió en una sucesión de las diferentes lesiones psicológicas que el conflicto bélico había dejado en los soldados, muchas de ellas irreversibles y autodestructivas. De más está decir que a partir de Que haya luz los militares tacharon a Huston de su lista de publicistas.

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