Desde 1955 Jelloun vive parte del
año en Tánger y parte en París. Sus primeras publicaciones
fueron selecciones de poemas, como "Cicatrices del sol", "El discurso
del camello", en los cuales ensaya una escritura que reúne los
mitos ancestrales, las leyendas magrebíes con los problemas
sensibles de la sociedad contemporánea.
Estas preocupaciones alcanzarían un desarrollo sistemático en sus
trabajos en prosa, que ponen en escena temas tabú y seres excluidos de
la palabra y que hacen emerger un lenguaje prohibido, en relación con
el cuerpo, la sexualidad o la situación de la mujer. Haciéndose
cargo, además, de la rica tradición árabe para construir
una historia, sus relatos se dejan gobernar por los desórdenes de la memoria
y la insubordinación de la imaginación, y se alejan del esquema
de la novela tradicional. Así, desde sus primeras narraciones, "Harrouda" y "Moha
el loco, Moha el sabio", el lector se enfrenta no sólo a la violencia
erótica sino también a las dificultades de una escritura compleja
que dificulta toda interpretación lineal.
Los textos de Ben Jelloun se convierten de ese modo en una reflexión constante
sobre las posibilidades de contar y extienden los límites de la forma
novela, acercándola a los relatos orales, transmitidos de boca en boca,
y a la poesía.
"El Niño de Arena" y "La Noche Sagrada" de Tahar Ben Jelloun (Cara y seca de una novela) Estas narraciones, publicadas en 1985 y 1987 respectivamente constituyen en realidad las dos versiones de una misma historia, inspirada a Ben Jelloun por un hecho real. Un cuentista profesional, que asegura poseer el diario de la protagonista, nos cuenta su historia, la cuenta a un auditorio que respiramos, en una plaza de Marrakech:
"Esta historia tiene algo de la
noche; es oscura y sin embargo rica en imágenes; debería
desembocar en una luz, débil y suave; cuando lleguemos al amanecer,
seremos liberados, habremos envejecido una noche, larga y pesada, un medio
siglo y algunas hojas blancas desparramadas en el patio de mármol
blanco de nuestra casa de recuerdos."
Es la historia de Ahmed, la octava hija de un padre que decreta,
para evitar perder la herencia familiar (en la tradición musulmana sólo los
hombres podían heredar) que su hija mujer será un hombre. El padre
organiza su vida minuciosamente y la niña es presentada, anunciada y educada
como varón. Hasta la circuncisión es simulada:
"Y el niño creció en una
euforia casi cotidiana. El padre pensaba en la prueba de la circuncisión. ¿Cómo
proceder? ¿Cómo cortar un prepucio imaginario? ¿Cómo
no festejar fastuosamente el pasaje a la edad adulta de ese niño?
... Raros fueron los que remarcaron que el padre tenía un
vendaje alrededor del índice de la mano derecha. Lo escondió bien.
Y nadie pensó que la sangre derramada era la del dedo."
Ahmed parece aceptar su transfiguración y desalojar la femeneidad de su
cuerpo y llega a casarse con su prima, pero después de la muerte de su
padre y de la esposa, inicia un largo itinerario que le harán, poco a
poco, redescubrir que es una mujer. Varias versiones de ese recorrido son enunciadas
por diferentes narradores, que aseguran haber sido testigos de la historia, y
el destino del hombre-mujer desemboca siempre en pistas confusas. Tahar Ben Jelloun
recurre incluso a un escritor genial, ciego, con bastón, encargado de
una biblioteca en Buenos Aires. El lector adivina que se trata de J. L. Borges:
"He venido, portador de un mensaje.
Fue una mujer, probablemente árabe, en todo caso de cultura islámica,
quien se presentó un día ante mí...En esa época
no estaba aún ciego; mi vista bajaba enormemente y todo me aparecía
borroso y sombreado. No puedo por lo tanto describir el rostro de esa mujer."
En "El niño de arena", finalmente, la vida de Ahmed parece
terminar en una serie de círculos que nunca cierran. "La
noche sagrada" llama
como testigo al propio Ahmed para que dé su versión de la historia,
el mismo público de la plaza de Marrakech la designa para tomar el lugar
del narrador ausente
"Ahora que soy vieja, tengo toda la serenidad para vivir. Voy a hablar, depositar
las palabras y el tiempo. Me siento un poco pesada. No es por los años
que pesan más, sino por todo lo que no ha sido dicho, lo que he callado
y disimulado. No sabía que una memoria llena de silencios y miradas podía
convertirse en una bolsa de arena que vuelve la marcha difícil."
Ahmed cuenta que, antes de expirar, su propio padre llegó para confesarle
su secreto, el porqué del simulacro, las razones sociales y culturales
que lo empujaron a transformarla en un hombre. Y que el cuerpo travestido le
había permitido establecer una complicidad singular con ella:
"Cuando la partera me llamó para constatar que la tradición había
sido respetada, vi, no imaginé ni pensé, sino vi entre sus brazos
un muchacho y no una chica. Ya estaba poseído por la locura. Nunca vi
en ti, en tu cuerpo, los atributos femeninos. La ceguera debía ser total."
Después de esta confesión,
Ahmed-Zahara conoce una profunda soledad y atraviesa distintos momentos iniciáticos. La
historia permanece indecisa entre la novela y el cuento, deslizándose
de lo real hacia lo extraño y maravilloso, recorrida por microrrelatos
al margen de su lógica, en los cuales el sueño, la fabulación
y el delirio son presentados también como la verdad. Y el personaje
descubre que su identidad, más allá de la sexual, es la de
ser el corazón de una narración que construyen los otros: el
padre, la tradición oral árabe, Tahar Ben Jelloun.
Y hasta el mismo Borges. "Mi historia era mi prisión, y el hecho
de estar encerrada en una célula gris por haber matado a un hombre era
secundario. Dondequiera que fuese, transportaría mi prisión como
una caparazón sobre la espalda. Allí habitaba y sólo me
quedaba habituarme. Este aislamiento me ayudaría tal vez a cortar
uno a uno los hilos tejidos a mi alrededor por ese destino oculto. Era una caja
cerrada, depositada en un hangar estrecho y sellado."
"EL niño de arena"y "La noche sagrada" fueron editados por "Península"
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