Xavier Guerrero se fue a Moscú, convocado por el Partido (eran tiempos en que los militantes mantenían lazos muy estrechos y casi de vasallaje con respecto a Moscú).
Tina, en México, seguía sacando fotos de familia y colaboraba vivamente en la redacción del periódico "El Machete". Allí, en 1928, conoció al joven revolucionario cubano Julio Antonio Mella, exiliado en México. Fue una pasión mutua indescriptible. La felicidad absoluta. Pero a Mella lo asesinaron a los pocos meses, en enero de 1929.
Para sacarse el bochorno de encima, el gobierno mexicano -cómplice del asesinato- intentó implicar a Tina. La gente se dejó convencer fácilmente: librepensadora, hermosa y elegante, mujer independiente, atea, comunista activa -profundamente sensible y solidaria, pero eso poco importaba-, modelo de artistas, artista ella misma, era mucho para una sociedad mediocre, suspicaz y conservadora. La salvó Diego Rivera, que con su estilo tronante y las ideas bien claras, puso las cosas en su lugar. Pero la muerte de Mella desencadenó en Tina su propia lentísima muerte.
Todo ese año de 1929 Tina se dedicó a la fotografía y al Socorro Rojo (una rama del Partido Comunista), y para diciembre la habían invitado a presentar sus trabajos en la Biblioteca Nacional. Fue su primera exposición, la primera -y última vez- que se la reconocía como creadora. Fue cuando proclamó su condición de simple fotógrafa al servicio de la causa socialista. Las obras suscitaron los más encendidos elogios por parte de la crítica, porque constituían un espléndido testimonio del potencial artístico que encierra la fotografía. Su concepción artística -el estilo depurado, las imágenes límpidas, la contundencia del tema, la ausencia total de amaneramiento y sentimentalismo- resultó ser una influencia fundamental sobre los fotógrafos mexicanos.
Poco después de su exposición, ocurrió en México un intento fallido de asesinato al presidente electo. Sin más vueltas, el gobierno se cobró la venganza pendiente. Muchísimos comunistas cayeron presos sospechados de terroristas. México había ingresado en la zona de paranoia que ennegreció a Occidente entre 1930 y 1945. Tina Modotti, absurdamente acusada de terrorista, fue expulsada de México en enero de 1930, exactamente un año después del asesinato de Julio Antonio Mella.
Le dieron sólo dos días, dos dolorosos, amargos días, para arreglar sus cosas e irse a Europa. Entre la poca gente que se atrevió a acompañar a Tina en esos últimos días en México -ella estaba muy controlada y sus compañeros se sabían perseguidos- se encontraba un muchacho muy joven y tímido, aspirante a fotógrafo al igual que su mujer. A Tina le cayó bien esta gente buena que la admiraba con sinceridad, y les regaló sus fotos, una sillita, alguna cámara.
Tuvo muy buen ojo Tina, porque este joven llegó a ser -y todavía lo es, superados largamente los 90 años- el más venerado fotógrafo mexicano: el universal Manuel Alvarez Bravo. A él, a su primoroso respeto por quien fuera su iniciadora, se debe el haber conservado casi todo el archivo de Tina Modotti.
Los diez años de Tina en Europa fueron mortíferos. Despojada de su identidad, estuvo un tiempo en Alemania, donde sacó algunas fotos de fuerte tono satírico. Pero no se sintió cómoda, se hallaba quizás demasiado sola, muy temerosa en países desconocidos que además pasaban por una situación crítica. Su único apoyo era Vittorio Vidali, un enigmático y simpatiquísimo italiano de fuerte personalidad al que había conocido en el Socorro Rojo de México y que asumió el deber solidario de acompañarla en su exilio forzoso. Siguieron juntos hasta el final, más por una impostergable necesidad de apoyo que por auténtico amor. Vittorio Vidali era un cuadro marxista de primer nivel y Tina se convirtió en una agente secreta del Socorro Rojo Internacional, lo que determina una dificultad insuperable para conocer sus pasos por Europa. La causa política, la convicción de que debía consagrarse a ayudar a camaradas en peligro, decidieron a Tina a abandonar definitivamente la fotografía. Probablemente, lo que la empujó a esa posición fue la pérdida del entusiasmo vital, el hecho de vivir a escondidas, la carencia de un amor humano profundo, el desgarro interior a que se vio sometida después del asesinato de Julio Mella. Sentía, interiormente, que también la habían asesinado a ella.

Para culminar su ascético camino de purificación, Tina aceptó dirigir el servicio de enfermeras voluntarias en un hospital de Madrid, durante la Guerra Civil. Vittorio Vidali, ya marido de Tina, era uno de los dirigentes de las Brigadas Internacionales que fueron a morir por la España republicana. Después de esos años atroces, Tina y Vittorio abandonaron España y consiguieron volver a México. La vida de Tina entre 1939 y 1942 es muy triste. Vittorio Vidali, tal vez un poco egoísta y excesivamente comprometido con el Partido, no le brinda demasiada atención. A quienes habían sido sus amigos trata de no ver para no complicarlos en problemas dudosos. Fuma muchísimo, le duele el corazón, vive atemorizada y amargada, envejecida y afeada, no se reconoce a sí misma. De manera que muere para interrumpir definitivamente esta vida torturante que se le hace eterna e insoportable. Ascética, se muere sola, calladamente, sin quejas, en el asiento de un taxi. Sin molestar a nadie.
Pero 40 años después resucitó. Un grupo de teóricas feministas norteamericanas redescubrieron sus obras y las valorizaron en su real dimensión artística. También se deslumbraron con el coraje de esta auténtica luchadora femenina, que pagó con la vida su libertad interior. En 1996, al cumplirse 100 años del nacimiento de Tina Modotti, se organizó en Filadelfia una exposición con casi toda la obra importante: 118 fotografías. Fue su curadora la especialista Sarah Lowe, que escribió un importantísimo catálogo, producto de seis años de investigaciones. Esa muestra siguió luego presentándose en otras ciudades estadounidenses.
En 1992 se publicó una novela escrita por la que es, tal vez, la mejor escritora mexicana de la actualidad, Elena Poniatowska. La novela se llama Tinísima, que como llamaba Julio Mella a la fotógrafa,y con el ardoroso amor que él sintió por esta mujer singular, se lee la novela. Escrita con una prosa dinámica y exquisita, con un ritmo visual vertiginoso, casi como si uno estuviera mirando un álbum de fotos ordenadas según una cimbreante cronología, la novela hunde al lector en la vida de México en un momento crucial de su existencia. Tina Modotti emerge con la grandeza y sensibilidad conmovedora de un ser superior.
En cuanto a las fotos que se exhiben en el Sívori, son sólo 34 piezas, y están agrupadas por estilo.
Uno de los conjuntos está fechado
entre 1923 y 1925 y contiene trabajos plenamente geométricos,
con resonancias surrealistas. Vemos el ángulo de
una escalinata, las gradas de un anfiteatro, el imponente
volumen de un tanque contrastado con la frágil diagonal
de una escalera, y una de las obras más notables:
el juego simétrico, de rectas paralelas y diagonales,
dentro de una perspectiva en fuga, contra un fondo de densidades
irregulares -en realidad, sólo postes telegráficos
contra un cielo con nubes-.
Otro pequeño conjunto está representado por obras ligeramente posteriores.
Cada obra es una flor suspendida contra un fondo oscuro, tomada a una escala
inusual, lo que provoca sensaciones oníricas. En este grupo, hay una composición
muy elaborada en la que juega la luz licuada entre los cristales de un conjunto
de copas casi irreales. Ahí, en esta misma pared, luce una de las obras
más célebres de Tina Modotti: las Rosas. Rosas con pétalos
mullidos, apretados, casi decadentes, que transmiten una cualidad táctil
aterciopelada, sensual, perturbadora. Estas rosas son muy Tina, muy inquietantes,
sobre todo muy seductoras.
El conjunto más numeroso de fotos son imágenes con protagonistas
humanos: obreros, lectores de "El Machete", niñitos indígenas amamantándose,
una mujer de Juchitán, las manos sarmentosas de un campesino viejo: posiblemente
estas fueran las fotos que más apreciaba Tina porque le parecían
las más veraces, las comprometidas socialmente. Lo son, pero también
son fotos artísticas de primer nivel, aunque ella no quisiera reconocerlo.
El encuadre es siempre muy pensado, la distribución compositiva es armónica
y de raíz geométrica, las luces y las sombras están cuidadosamente
balanceadas.
Tina Modotti fue una gran fotógrafa,
inexorablemente. Hoy ya es una figura de moda.
Son muchos los libros escritos sobre ella, sobre todo los que reproducen sus
fotografías. Y algunas actrices de Hollywood sueñan con filmar
su vida. Justo e irónico a la vez. Esta breve exposición del Sívori
nos permite admirar sus fotos en directo.
Por este hecho auspicioso: aplausos.
Pero no hay muchos aplausos para la organización: no hay folletos (al
menos, no en la primera semana), no hay un trabajo de curaduría que podría
haber informado sobre México en los años que Tina Modotti vivió allí,
y que fueron tan significativos. No hay fotos de Tina pintada por Rivera como
figura mitológica en los murales del Palacio Nacional de México
D.F.
Tampoco hay imágenes de sus brillantes amigos, ni menciones a Weston,
etc.
La responsabilidad probablemente recae sobre la embajada de México, que
es la organizadora de esta muestra. Pudo haber sido una exposición muy
rica, dados los nuevos conceptos sobre curaduría de arte. Sólo
es un pequeño homenaje. En cuanto al video que se presenta en plena sala,
lamentablemente resulta inaudible.
Pero para oír, mejores serán las palabras de Pablo Neruda:
Tina Modotti, hermana, no duermes,
no, no duermes,
tal vez tu corazón oye crecer la rosa
de ayer, la última rosa de ayer, la nueva rosa.
Descansa dulcemente, hermana.
(...)
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Tina Modotti